martes, 9 de octubre de 2018

Hormigas


HORMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Creo que todo comenzó cuando mi esposa viajó a Ciudad Juárez para ayudar a nuestra nuera con mi nieto de dos años, durante los días que estuviera convaleciente después de dar a luz una nueva nieta. Antes de irse se quejó varias veces conmigo, que la casa estaba invadida de hormigas por todas partes, pero nunca lo hice consciente por estar ocupado en mis quehaceres cotidianos y no le puse atención.
Al principio fue solo una molestia, si dejaba restos de comida en la barra de la cocina o en los botes de basura y trastes sucios en el fregadero en un instante se llenaban de hormigas. Quién sabe de dónde salían, pero no tardaban en formar largas filas que iban y venían por el alimento, especialmente si eran deshechos azucarados o grasos. Recordé que mi esposa había insistido en tirar los desperdicios de comida en una bolsa de plástico, afuera en el patío. Eso hice, además de lavar los trastes y limpiar la cocina matando al mismo tiempo muchas hormigas, pero nunca imaginé que mi acción fuera el verdadero comienzo de mi pesadilla…Y algo más.
No pasó mucho tiempo para que al abrir la alacena la encontrara invadida de los insectos, las envolturas de panes, pastas y dulces de manera increíble las habían violado y solo las latas permanecían intactas. Enojado tiré todo al basurero y me fui a comprar el insecticida más potente que encontré, y al regresar rocié toda la cocina y las plantas del patio trasero de la casa. Era tanta la peste que me vi obligado a salirme a la calle e ir a comer a la cenaduría Coyoacán, para después meterme en un cine esperando que pasara el tiempo suficiente para que se disipara el olor a pesticida y cuando regresara a mi casa el aire fuera respirable. Al abrir la puerta de mi hogar el olor apenas se podía soportar, por lo cual decidí abrir ventanas y puertas, encendiendo todos los ventiladores para que se oreara y poder pasar la noche en mi cama. En la cocina no había ninguna señal de hormigas, y erróneamente creí que me había deshecho de ellas. Nunca pensé que muy pronto me arrepentiría de haberles declarado la guerra.
En los siguientes días no apareció ninguna hormiga y creí que todo había vuelto a la normalidad, pero luego comenzaron a salir algunas hormigas solitarias a las que identifique como exploradoras, las cuales mataba con mis manos. Sin embargo si olvidaba lavar los trastes o dejaba algún alimento en algún lado de inmediato se acumulaban los insectos, lo único que al parecer rehuían era al frio del refrigerador. Entonces comencé a notar algo increíble, cuando me veían u olían trataban huir antes que comenzara aplastarlas con mis manos y las exploradoras zigzagueaban rapidísimo para esconderse. Mientras las aniquilaba sentía que de alguna manera unas cuantas se subían a mi cuerpo y me mordían, produciéndome un dolor agudo como de un pequeño piquete. Lo siguiente en pasar, sin en realidad comprenderlo, fue que no habiendo hormigas a la vista las sentía corriendo por mis brazos y piernas. Primero pensé que eran únicamente mis nervios, pero comprobé que era cierto cuando logré atrapar algunas.
En una ocasión se lo comenté a mi hija, pero ella me contestó que en su casa también tenía una plaga, aconsejándome mantener limpia la cocina, y al platicarlo con mi esposa por teléfono se soltaba riendo y me tildó de loco. Siguiendo el consejo de mi hija me mantenía limpiando, no solo la cocina sino toda la casa. Cuando comenzaron aparecer las hormigas en mi recamara, oficina y el baño decidí que era hora de tomar una medida drástica y pedí auxilio a una empresa exterminadora de plagas. Al llegar a la casa para fumigar me preguntaron cuál era el problema, y después de explicarles lo sucedido me aseguraron que dejara de preocuparme, ellos se encargarían de aniquilar la plaga de insectos; aunque al decir esto disimularon una sonrisa burlona, como diciendo «A este tipo le falla el coco».
Efectivamente la fumigación funcionó, pero solo por casi un mes. Las hormigas regresaron más agresivas que nunca, no había lugar en la casa donde no estuvieran, y comenzaron aparecer grandes grupos de hormigas alrededor de los cadáveres de otros insectos, como cucarachas, grillos y hasta arañas, haciendo inútil toda limpieza. Harto me clavé en la computadora buscando una solución, y descubrí que mis enemigas eran monomorium mínimum originarias de Estados Unidos, principalmente del estado de California y los estados del Este. Al parecer nadie les había informado a los insectos que estaban muchos kilómetros al sur de su hábitat y no debían estar en mi casa. Conociendo más a las invasoras, probé toda clase de remedios caseros que encontré en Internet contra las plagas de hormigas caseras, pero tampoco funcionaron, con algunos disminuía la cantidad de insectos por unos días, pero regresaban cada vez más amenazantes. Comencé a encontrar lagartijas, aves y ratones cubiertos de los diminutos monstruos devorándolos; lo inverosímil fue cuando apareció el cuerpo de un pequeño perro comido a medias por las hormigas. No sé cómo lograron matarlo y arrastrarlo hasta dentro de la cochera de la casa, pero el hecho debió alertarme para huir de mi hogar, en lugar de hacerme el valiente y creer que podría contra ellas.
Al mismo tiempo comenzaron a suceder cosas extrañas. A pesar de ser invierno y por la noche enfriar bastante el exterior, dentro de la casa hacía un calor infernal subiendo el termómetro digital interior hasta 45º centígrados, obligándome a encender los aires acondicionados de todas las habitaciones en un intento para poder dormir. Al enfriarse la casa la invadía un olor penetrante, y se comenzaba a escuchar una especie de zumbido que oscilaba su intensidad sin poder precisar de dónde provenía, parecía venir de todas partes desde el interior de los muros.
Ese día transcurrió muy tranquilo, las hormigas no aparecieron por ningún lado dándome falsas esperanzas, pero por la tarde cuando me encontraba lavando los trastes, al prender la luz porque anochecía muy temprano, me quedé congelado al ver que todo parecía estar infestado de hormigas negras azabache, que como un manto viviente se movía en oleadas hacia mí. Ahora no había las que exploraban, en su lugar iban al frente las guerreras un poco más grandes que las obreras, pero con una enorme cabeza con aterradoras mandíbulas. La verdad no supe qué hacer, hasta cuando comenzaron a subirse por mis piernas expuestas por los shorts, y empecé a sentir las dolorosas mordidas que al contacto segregaban ácido fórmico. Como pude corrí hacia el baño y me metí bajo la regadera abriendo la llave del agua que salió bastante fresca, mientras al mismo tiempo mataba con mis manos todas las hormigas que podía. Después de un rato y al no sentirlas recorriendo mi cuerpo me atreví a prender la luz del baño. Aliviado no vi ninguna, ni siquiera los cuerpos de las que había matado, al parecer el agua las arrastró por la coladera, y solo quedaba como prueba de su presencia las muchas ronchas ardiendo en mi anatomía. Con cautela abrí la puerta del baño, y al no ver nada peligroso constaté que las hormigas se habían esfumado como si nunca estuvieron ahí. Confieso que sentí miedo y me propuse abandonar mi hogar al día siguiente e irme a refugiar a la casa de mi hija. Supongo que ese fue el peor error que pude cometer, porque debí irme de inmediato lejos de ahí, pero no lo hice por no parecer un cobarde, aunque esa misma noche sucedió lo inimaginable.
Encerrado en mi recamara mirando adormilado el televisor de improviso se fue la luz, aunque por la ventana vi que las luces en la casa de enfrente y del arbotante de la calle permanecían encendidas. Enseguida empecé a sentir que subía rápidamente la temperatura del cuarto y un aterrador zumbido aumentaba su intensidad; despierto por completo, de inmediato me levanté de la cama y agarrando ropa y toallas del closet tapé todas las rendijas de la puerta que pude, agazapándome sobre la cama con una revista enrollada como arma en la mano. En la oscuridad no podía distinguir a los insectos, pero sabía que habían entrado a la habitación y amenazantes se acercaban lentamente hacia mí. Traté de conservar la calma, pero el miedo se apoderó de mí impidiendo que pensara con claridad y emprendiera la huida, y cuando percibí que subían a la cama ya era muy tarde y no pasó mucho tiempo para que estuvieran sobre mí. Con furia tiré golpes contra ellas a diestra y siniestra, pero el dolor agudo de sus mordeduras era intenso y sentí que comenzaba a sangrar por las heridas, haciéndome soltar la revista y con las manos tratar de aplastarlas en mi cuerpo. Aterrorizado intenté salir corriendo de la casa, pero las piernas no me respondieron. El dolor, el cansancio y el terror nublaron mi mente y caí al piso, entonces con mis últimas fuerzas me arrastré hacia la sala en un desesperado intento por salir a la calle y mi salvación. Cerca a la puerta de la sala que da a la cochera no pude más y me rendí. En ese instante acepté que había sido vencido por unas diminutas hormigas.
Fin

martes, 21 de agosto de 2018

El reclamo


El reclamo
José Pedro Sergio Valdés Barón
*

Todavía era de madrugada cuando su madre los despertó para ir a trabajar al basurero municipal, él y sus dos hermanos mayores acompañaban todos los días a sus padres y solo su hermana adolecente se quedaba al cuidando de sus hermanitos pequeños de solo tres y dos años de edad.
Todas las mañanas salían de su casa hecha de adobe, láminas metálicas y de cartón, para caminar los diez minutos que los separaban del vertedero de basura municipal. Era importante llegar temprano al tiradero antes que los demás recogedores, porque así podían tener más oportunidades de recolectar la basura más cotizada, como eran los deshechos de aparatos domésticos, botellas, plásticos, metales y ropa vieja, aunque a veces se llevaban todo tipo de sorpresas, desde un valioso billete perdido hasta un feto humano abandonado. 
Benito y su familia ya estaban acostumbrados a los fétidos olores, a la suciedad y a convivir con la presencia de animales carroñeros, como ratas, zopilotes y perros famélicos; sin embargo cada vez era más difícil el trabajo, debido a que cada día estaban aumentando las personas que, abrumadas por la pobreza, se veían obligadas a recolectar basura como último recurso para sobrevivir, y la competencia se estaba convirtiendo en una feroz lucha de perros y gatos.
Su padre alcohólico con 51 años de edad y sin estudios ya no podía conseguir trabajo y sus hermanos apenas podían leer, sumar y restar operaciones sencillas y él no sabía nada, sin embargo se había propuesto aprender de cualquier manera y no cejaría en su empeño. Había oído que un grupo de personas intentaban ayudar a los hijos de los recolectores de basura, dándoles clases de primaria básica los sábados por la mañana en un baldío que estaban acondicionando con una carpa y bancas restauradas.  
Logró convencer a sus padres para que le dieran permiso de inscribirse en la escuela primaria provisional y fue de los primeros niños en hacerlo. El inicio de clases los sábados cambió felizmente su rutina, y aunque ese día seguía levantándose junto al resto de su familia, en lugar de acompañarlos al basurero se dirigía alegremente a la escuela improvisada, donde de inmediato destacó como un estudiante muy inteligente y dedicado. La maestra Virginia no tardó en encariñarse con Benito, despertándole el deseo de apoyar al niño en lo que pudiera.
Las damas del grupo humanitario El corazón de Guadalupe se habían dado a la tarea de ayudar a los niños de padres recolectores de basura, y a la maestra Virginia Buenrostro le asignaron dar clases los sábados por la mañana en la escuelita del Bordo de Xochiaca, el tiradero más grande de la cdmx y probablemente de toda Latinoamérica. La primera vez que llegó al Bordo quedo impresionada, no solo por su tamaño sino por los repugnantes olores que despedía la suciedad y los niños harapientos que deambulaban entre la basura junto a repulsivos animales. No se desmoralizó, por el contrario sintió una mayor necesidad de ayudar a esa gente y se convirtió en una de las personas que más se empeñaba para lograr una escuela provisional lo mejor posible, donde se impartieran los conocimientos básicos para que los niños tuvieran una mejor oportunidad de vida.
La maestra Virginia no tardó en darse cuenta que Benito era un niño especial, no solo por su brillante inteligencia, sino además a sus siete años era muy responsable y parecía una esponja sedienta absorbiendo todos los conocimientos posibles a su alcance. Cuando aprendió a leer devoraba los libros a pesar del poco tiempo que tenía libre entre semana y solo cuando su madre le ordenaba que se durmiera apagaba la vela que iluminaba su lectura. Un año después, Benito estaba más que listo para los estudios de secundaria, por desgracia sus padres no podían darse el lujo de enviarlo a la secundaria pública más cercana, no tenían manera de prescindir de él en el trabajo y mucho menos tenían dinero para comprar los libros y el uniforme que se requerían. Cuando Benito sin razón aparente se ausentó de clases durante varios días, la maestra Virginia temió que estuviera enfermo o le hubiera pasado algo, así que con la anuencia del grupo El corazón de Guadalupe un buen día la maestra Virginia se presentó en el vertedero en busca de Benito, pero no obstante creer que se había adaptado a los olores nauseabundos del lugar, estando tan cerca tuvo que taparse la nariz para soportarlos sin poder evitar las náuseas. Mientras buscaba a Benito sus ojos se humedecieron al observar a los niños que parecían nadar entre la basura, debido literalmente a que el suelo se sumía a sus pies al haberse ablandado por los gases tóxicos contenidos en la inmundicia. Para su fortuna, la maestra no tardó en encontrar a Benito y, aliviada al verlo bien, le gritó para que se acercara. El niño se asombró al ver a su maestra en medio del basurero llamándolo con insistencia, intrigado y pensando que algo andaba mal, tan rápido como se lo permitió la basura se acercó a la profesora Virginia, quien con una sonrisa en su bello rostro le explicó el motivo por el cual lo estaba buscando: como no sabía dónde vivía se le ocurrió ir al vertedero para localizarlo y averiguar por qué no se había presentado a clases. Benito, desplazando a su maestra lo más retirado del cúmulo de desperdicios, le aclaró que el motivo era que su hermano Salvador se había enfermado de una infección y permanecía en cama muy malo. Compadeciéndose del muchacho, la maestra le pidió que avisara a sus padres que la llevaría a su casa para ver qué podía hacer por su hermano enfermo. Transcurridos varios minutos regresó el niño acompañado de su madre, quien, después de las presentaciones, guió a la profesora hacia su humilde hogar en tanto Benito regresaba al trabajo.      
Salvador era un niño de unos diez u once años postrado en un desvencijado catre y cubierto a medias por una cobija despidiendo malos olores, la cual permitía apreciar un cuerpo esquelético y amarillento empapado en sudor por la alta fiebre. Chava, como le llamaban de cariño, se había cortado una mano con un vidrio en el basurero y sin los cuidados necesarios se le infectó. Como sus padres no tenían dinero para llevarlo con un médico y el Centro de Salud estaba muy retirado, solo pudieron conseguir agua oxigenada y merthiolate en la farmacia local con lo que intentaron curar la infección que se presentó más tarde. La maestra Virginia se preocupó al ver el brazo de Chava con un color azuloso y llagas supurando a pesar del emplaste de hierbas medicinales que le había aplicado un vecino, quien a veces fungía como curandero de la segregada comunidad, y se le partió el corazón al ver a la madre consolando a su hijo y tratando de bajarle la fiebre con trapos húmedos en la frente. Sin pensarlo más la maestra le aseguró a la madre que no se preocupara, y salió de la miserable vivienda en busca de su camioneta para llevar al niño a emergencias del Hospital de Salubridad del municipio de Netzahualcoyotl.
Con las relaciones de algunas damas del grupo humanitario el Corazón de Guadalupe, la maestra Virginia logró la admisión de Salvador en el hospital y que los médicos lo atendieran de inmediato, por desgracia no pudieron salvar la extremidad y debieron amputarla hasta la mitad del brazo; sin embargo, todos agradecieron a la Virgen de Guadalupe que Salvador conservara la vida, aunque probablemente sería muy dura para él en sus condiciones.
La maestra Virginia no se conformó y aprovechando el agradecimiento de los padres de Chava, los convenció para que permitieran a Benito estudiar la secundaria y mientras lo hacia ella se haría cargo del niño. Como esto representaba unas manos menos para el trabajo en el basurero, además de la obvia incapacidad de su hijo Salvador, la maestra les ofreció una despensa semanal que había autorizado el grupo humanitario Guadalupano. A partir de ese momento la vida de la familia Sánchez cambió por completo, ahora tendría la comida asegurada y el dinero que sacarán por su trabajo en el vertedero podrían utilizarlo para comprar un poco de ropita de segunda, mejorar su vivienda y tal vez hasta también pudiera estudiar Salvador siguiendo los pasos de su hermano Benito, quien se estaría labrando un mejor futuro para él y su familia con la ayuda de la maestra Virginia.
Para Benito salir de ciudad Netzahualcoyotl fue como transportarse a otro mundo, un lugar inimaginable donde al principio se intimidó, pero conforme la camioneta transitaba por las calles y avenidas, en tanto la maestra le respondía sus preguntas, su asombro fue creciendo hasta que quedó maravillado de la cdmx y se sintió feliz por lo que comenzaba a vivir. Su felicidad fue completa cuando fue bien recibido por el esposo de la maestra Virginia, un exitoso abogado de nombre Ramón Dehesa, y su hija Ana Laura, quien se acomidió para mostrarle al niño el hogar de la familia Dehesa Buenrostro, a la cual ahora él también pertenecería. Al mostrarle la habitación que sería de él, le explicó que antes había sido de su hermano fallecido en un asalto malogrado, resultado de la creciente violencia que imperaba en la cdmx y que parecía que nadie podía librarse de ella sin importar el nivel social, el lugar o la hora.
Ni soñando Benito se imaginó la vida que tenían otras familias, y aunque la de la maestra era de la clase media alta, su casa sin ser una mansión era bastante grande y estaba amueblada sin lujos pero muy acogedora, a todas luces muy diferente a la en que vivía su familia, haciéndolo sentir remordimientos con frecuencia cuando comparaba las carencias que seguían sufriendo sus seres queridos con todo lo que ahora él disfrutaba. Se consolaba pensando que si estudiaba lo suficiente podría tener un trabajo que le permitiera ayudar a su familia y sacarlos de la pobreza extrema en la cual vivían.
El joven Benito ingresó al Colegio Buckingham con una beca completa otorgada gracias a la maestra Virginia, quien impartía clases de primaria en la misma escuela. Su corta edad para la secundaria llamó la atención de alumnos y profesores, y más tarde se hizo popular como el estudiante más sobresaliente del colegio, haciendo sentir orgullosa a su familia y a la de la maestra Buenrostro. La dedicación de Benito solo se interrumpía los fines de semana, cuando los sábados se iba con la maestra al Bordo de Xochiaca. Ella a impartir clases a los niños pepenadores y él a convivir con su familia hasta el domingo por la tarde que lo recogía la profesora.
En poco más de un año Benito terminó la secundaria, y las pruebas wisc que le hicieron determinaron que su ci era de 155, sin duda la de un niño superdotado. Un hecho que la maestra Virginia intuyó cuando Benito fue su alumno y ahora le abría las puertas con una beca completa en la preparatoria y universidad que él eligiera. Benito prefirió el Colegio Simón Bolivar para estudiar la preparatoria, y unos meses después fue elegido para presentar una ponencia en el Tecnológico de Monterrey con el tema: La pobreza extrema en México. La exposición de Benito fue muy aclamada y tocó el corazón de todos los que la escucharon, motivando que pronto le llovieran invitaciones de varias universidades para que presentara su ponencia. No fue sorpresa que Benito fuera catalogado entre los diez niños más superdotados de México y fue seleccionado para exponer el agradecimiento en la ceremonia de la sep para galardonarlos, encabezada por el presidente de la República Eugenio Pérez Núñez y el secretario de educación pública Armando Félix Campos, entre otras celebridades de la educación y la política.
Cuando Benito Sánchez Cihtli subió al pódium todos guardaron silencio, incluyendo al presidente epn y al secretario de educación afc. La voz de Benito era grave y por el micrófono inundó a toda la concurrencia, y al no llevar nada escrito pudo encarar directamente a los ojos del presidente epn al iniciar su ponencia de agradecimiento:
            —Señor presidente Eugenio Pérez Núñez y autoridades presentes, mis compañeros y yo les agradecemos encarecidamente la distinción y la premiación que nos han hecho el honor de otorgarnos; sin embargo, hay muchas cosas que por desgracia no podemos agradecerle y que aprovecho la ocasión para solicitarle que nos aclare:
Señor presidente epn ¿cómo es posible que en un país como México, con más del sesenta por ciento viviendo en la pobreza, donde hay familias como la mía trabajando entre los desperdicios de un vertedero de basura para apenas sobrevivir, existan ciudadanos que estén compitiendo por estar entre los más ricos del mundo, como Carlo Salim? ¿O que la mayoría de los políticos con un puesto público amasen fortunas que son una ofensa para el pueblo? ¿O como usted señor presidente que ha incrementado su capital hasta ser considerado, no oficialmente, como uno de los cincuenta hombres más ricos de México; sin embargo, a pesar de mantener un bajo perfil de su riqueza, los mexicanos la hemos intuido con las mansiones que ha comprado su esposa, al verla con toda la familia dilapidando dinero en los lujosos Mall de eua, y más recientemente se le ha visto gozando la vida en la ciudad de Paris acompañada también de la familia, haciendo sospechar a la opinión pública la probabilidad de que esté buscando ahí mismo un palacio para cuando usted se autoexilie al terminar su gobierno, como medida de precaución en caso de presentarse algún reclamo social importante, estrategia que utilizaron con éxito algunos exmandatarios que le precedieron?
Benito hizo una pausa esperando la respuesta de epn. En medio de una tensión expectante el mandatario, visiblemente molesto, se inclinó sobre el micrófono que tenía enfrente en la mesa y comenzó hablar conteniendo apenas su enojo. Como casi siempre sucedía, epn no tardó en comenzar a desvariar y salir con sus acostumbrados “osos” que hicieron sonreír con burla a los presentes. Como estaba siendo repetitivo, Benito lo interrumpió con una nueva pregunta: ¿Tal vez sí pueda explicarnos la razón por la cual el gobierno de México no es capaz ni de sufragar una educación básica a las poblaciones marginadas, como sí lo hacen organizaciones no gubernamentales, en su mayoría extrajeras, o por qué en el sector salud hay tantas carencias, si supuestamente los gasolinazos diarios son para cubrir el déficit de Pemex y de esa manera no tener que afectar los presupuestos de esos sectores?
De pronto el sistema de sonido calló y comenzó a emitir un molesto zumbido que dio por terminado el vergonzoso espectáculo de epn y sus acompañantes. Alguien dio la orden para detener el reclamo público al gobierno que estaba haciendo un niño de solo nueve años de edad.
Al terminar la preparatoria, Benito decidió aceptar la beca de la Universidad de Columbia en New York para estudiar la carrera de Economía Internacional, y aunque su familia había prosperado con la ayuda de la maestra Virginia y el grupo humanitario El Corazón de Guadalupe, quienes ayudaron a sus padres para conseguir un trabajo modesto pero estable, y escuela a sus hermanos que felizmente dejaron de trabajar en el vertedero, al recibirse de economista aceptó un extraordinario trabajo en la ciudad Suiza de Lausanne junto al lago Lemán, donde la corrupción era mínima en comparación con México y todavía se podía pasear en las noches sin correr peligro de ser una víctima de la delincuencia; un lugar en el cual también existía la pobreza, sin embargo era tal que podría ser envidiada por la clase media mexicana. A ese país europeo emigró con toda su familia, y agradeciendo infinitamente a la Maestra Virginia y a todas las personas que le ayudaron, con el corazón partido les dijo adiós y jamás regresó a su amado México.

Fin
José Pedro Sergio Valdés Barón

Si sientes que también podrías unirte al reclamo, puedes comenzar por compartir esta historia que, siendo ficticia, está basada en la realidad que están sufriendo millones de mexicanos, no solo en los vertederos de basura sino a todo lo largo y ancho de la República Mexicana.

lunes, 23 de julio de 2018

El regalo


El regalo   
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Se hacía tarde y Amparito, tomando la mano de su pequeña hija Rocío, aceleró el paso intentando llegar a tiempo al trabajo en el asilo de ancianos La Eternidad, donde laboraba como cocinera desde hacía cinco años, comenzando poco después de haber nacido su princesa colgada ahora de su mano.
Esa noche era Nochebuena, y además de la cena para los adultos mayores debía preparar la de su familia, aunque en casa tendría la ayuda de su madre y cuñadas, pero aún así habría mucho trabajo para darse abasto con tanta gente, tal y como sucedía desde hacía muchos años cuando celebraban en familia el nacimiento del niño Dios. Tradición en la cual además de disfrutar a los seres amados ahí reunidos, degustaban los deliciosos platillos preparados por su madre y ella, como eran los tamales, romeritos y el bacalao a la vizcaína. También era uno de esos días en los cuales debía cargar con Rocío al trabajo, porque no había nadie disponible que se hiciera cargo de ella, y menos ahora cuando se había vuelto tan traviesa, pareciendo torbellino dejando un caos a su paso. Ese día esperaba que se entretuviera platicando con los ancianos sin molestarlos demasiado y antes que le llamara la atención la señorita Aramburu administradora del asilo, quien a pesar de haberle dado consentimiento para llevar a su hija al trabajo, su carácter de pocas pulgas la hacía impredecible y más valía no jalarle la cola al tigre.
No era fácil criar una hija siendo madre soltera y menos si era una niña como Rocío. La pequeña era muy inteligente pero demasiado inquieta, tanto que inclusive le encantaba bailar y cantar cuando estaba viendo en la tele sus programas preferidos. A pesar de que no era nada obediente, ésa mañana sola se había levantado muy temprano entusiasmada por acompañar a su madre a la casa de los viejitos, como ella llamaba al asilo para personas de la tercera edad. Con su gruesa chamarra, pantalonera y una bolsa de plástico con sus muñequitos Pet Shops trataba de mantener el paso de su madre, en tanto por el esfuerzo exhalaba vaho por su boquita. La fría mañana decembrina presagiaba lloviznas de las que empapan y calan hasta los huesos, pero por fortuna aún no se precipitaban sobre la ciudad, sólo el frio cortaba sus chapeados rostros mientras trotaban por las casi desiertas calles.
Al llegar al asilo, las dos ayudantes de cocina servían apresuradas el desayuno a unos cuantos adultos mayores, pero aún faltaba la mayoría —en total unos veinte ancianos— quienes vivían como sentenciados esperando la parca en el asilo geriátrico. Mientras tanto unos cuantos serían recogidos por sus familiares esa tarde, para festejar en compañía de los suyos las festividades de fin de año. A la mayoría sólo los visitarían sus parientes por unos minutos para volverlos olvidar durante todo un año, y tal vez dos o tres sufrirían el desengaño de no ver a ningún ser querido en esa fecha. Sólo había uno a quien con seguridad nadie visitaría, tal como pasaba desde que fue abandonado en el asilo.   
Dejando a Rochi, como llamaban a su hija de cariño, en el cuarto de despensa jugando con sus Pet Shops, Amparito se apresuró para ayudar a sus asistentes con el desayuno, e iniciar la preparación de la comida y la cena especial de ese día para el personal asignado a quedarse de guardia y los ancianos olvidados en la institución, quienes sumidos en la tristeza finalmente se quedarían ahí para celebrar la tradicional noche.
No pasó mucho tiempo para que Rochi se aburriera y saliera a curiosear a la cocina, donde estaba su madre atareada hasta el copete. Como nadie le podía prestar atención y era peligroso andar entre los guisos cocinándose, su madre la sacó al jardín que languidecía de frio. Ahí se encontraban algunos ancianos tratando de calentarse un poco, con el sol que tímidamente se esforzaba por abrirse paso entre las nubes plomizas. Dejando encargada a su pequeña con el conserje, a quien le pidió el favor de echarle un vistazo de vez en cuando, Amparito regresó a sus labores, en tanto la niña se acercaba a una pareja de ancianos sentados en una de las bancas del parquecito, y sin ninguna inhibición se puso a platicar con ellos. Se dice que los viejos y los niños comparten una simbiosis especial que conecta los extremos del ciclo de la vida, permitiendo una espontánea interrelación entre ellos. De cualquier manera, Rochi y la pareja de adultos mayores entablaron una conversación que pareció divertirlos por un buen rato. De pronto, la niña se percató de un anciano que a la distancia parecía vulnerable y doblado por la tristeza, quien solitario se escondía en una banca alejada con la mirada perdida en el horizonte, más allá de la reja blanca que limitaba la propiedad de La Eternidad.
Aproximándose con lentitud y sintiendo curiosidad por aquel extraño personaje, Rochi se sentó en el otro extremo de la grada, mirando de reojo la encorvada figura del anciano. Pasado un tiempo la pequeña se atrevió acercarse al ensimismado hombre, preguntándole con su tierna vocecita: « ¿Qué hace?». Hasta ese momento el anciano pareció percibir la presencia de la niña, respondiéndole después de un breve momento: «No sé». Rochi insistió: « ¿Quiere platicar?». Con triste y desconcertada mirada el viejo volvió a responder: «No sé». Entonces mostrando una ingenua sonrisa la pequeña le dijo: «Hoy en la noche llega Santa Claus». El viejo sólo repitió el: «No sé».  
Al mismo tiempo, desde una ventana en el segundo piso del edificio geriátrico, el doctor Cervantes observaba el lento caminar de la capa de nubes amenazando con empapar la ciudad. De improviso se dio cuenta que una niña intentaba interactuar con uno de sus pacientes. Interesado logró percatarse que el anciano parecía responderle a la pequeña, iluminando de pronto el cerebro del galeno. Llamando a Miriam, la jefa de enfermeras, le inquirió cuando estuvo junto a él:
— ¿A qué hora le toca su medicamento a don Nacho?
—En poco menos de una hora —respondió solícita la enfermera.
— ¡Bien!... Suspenda la mementina y sustitúyala con fluoxetina —le ordenó a la confundida asistente.
— ¿Cómo dice doctor? —la enfermera, Miriam, intentó confirmar la orden.
Por toda respuesta, el doctor Cervantes le señaló la banca del parque donde se encontraban la niña y el anciano, en tanto le preguntaba a la enfermera:
— ¿Puede ver cómo reacciona don Nacho a lo que le dice la niña?
—Sí, muy poco, pero parece responderle  —le corroboró la jefa de enfermeras.
— ¡Si fuera Alzheimer no interactuaría con la niña como lo está haciendo! —exclamó el médico, entusiasmado por su atrevida deducción.
—Entonces… ¿Es depresión? —tanteó la enfermera veterana.
— ¡Una muy aguda depresión! Adminístrele el antidepresivo y lo sabremos en dos o tres semanas con seguridad —aventuró el galeno—, mientras tanto quisiera seguir observando esa relación. ¿Quién es la pequeña que logró la atención de don Nacho?
El doctor Cervantes se fue a mirar más de cerca a su paciente y la niña, en tanto la enfermera se dirigió a cambiar el medicamento e investigar quién era la jovencita.
Alguien más había notado la interacción de la niña con el anciano, y molesta de inmediato se dirigió a la cocina para llamarle la atención a la cocinera, quien no había respetado sus claras instrucciones:
— ¡Señora Amparo! ¿Acaso no le ordené evitar que su hija molestara a los pacientes? —fue lo primero en espetar la señorita Aramburu, cuando enfrentó a la apenada madre de Rochi.
—Lo siento, no volverá a pasar, ahora voy por ella —se disculpó la señora Amparito, al mismo tiempo que se disponía a salir en busca de su hija.
— ¡Creo que fui bastante explicita, cuando le permití traer a su hija al trabajo! —insistió molesta la administradora.
—Desde luego que sí señorita Aramburu, perdone usted —volvió a disculparse con la iracunda mujer.
En ese momento se presentó la enfermera Miriam, y al darse cuenta de lo que sucedía se apresuró para rescatar a la pobre cocinera, explicándole a la señorita Aramburu las instrucciones del doctor Cervantes:
—…y me ordenó permitir a la niña seguir relacionándose con don Nacho —concluyó la jefa de enfermeras, apenas disimulando su satisfacción de contrariar a la gruñona administradora.
— ¡El doctor Cervantes debió consultarme primero! ¿En dónde se encuentra ahora? —la irascible señorita se dirigió a la enfermera.
—Está en el patio observando a don Nacho —le indicó la aludida, reprimiendo apenas la risa. 
Dando media vuelta, la señorita Aramburu se encaminó al jardín a grandes zancadas. Al ver al médico se dirigió hacia él, y reprimiendo su enojo le reclamó airada:
— ¡Doctor Cervantes!... ¿Usted permitió que esa niña molestara al paciente? —dijo señalando a la pequeña Rochi, quien seguía hablando con don Nacho.
— ¡Así es! ¿Algún problema? —como buen psiquiatra, el médico sonrió y adoptó una actitud tranquilizadora.
— ¡Usted bien sabe, que la política de ésta institución no permite a los visitantes alterar la tranquilidad de los enfermos! —replicó contrariada la administradora.
—Tengo entendido que esa política también contempla hacer todo lo posible para el bienestar de esos pacientes —le aclaró el galeno muy tranquilo.
— ¿Me podría explicar cómo podría ayudar esa escuincla a la mejoría de don Nacho? Recuerde que yo también soy psiquiatra, además de la administradora de la casa La Eternidad.
—Por supuesto sé que usted es psicóloga y una estricta administradora, pero le recuerdo que don Nacho es mi paciente y yo determino su tratamiento, y si pienso que la interacción con la niña puede mejorar su condición mental, le recuerdo que es mi decisión y en su momento haré el informe respectivo —le explicó el doctor Cervantes, haciéndole entender a la señorita Aramburu que daba por concluida la conversación.
— ¡Esto lo reportaré al comité médico! —Sintiéndose impotente, la señorita Aramburu dio media vuelta y se retiró furiosa a su oficina.  
Como siempre, la señora Amparito batalló para que Rochi comiera algo, la inquieta niña prefería andar brincoteando y jugando en lugar de sentarse a comer como deseaba su madre. Dándose por vencida, Amparito llevó a su hija al patio como se lo solicitó la enfermera Miriam para que volviera a platicar con don Nacho, quien después de tomar su nueva medicina y comer algo regresó a sentarse en la banca ayudado por la enfermera, quien se retiró a propósito para dejarlo solo. Para Amparito le pareció rara la instrucción de que su hija hablara con un enfermo, pero estuvo de acuerdo porque sabía que su hija era una niña muy despierta, y sin duda el médico pensaba que podía ayudar al paciente de alguna manera.
Conforme se aproximaban al anciano, Rochi intuyó que algo estaba pasando a pesar de su corta edad, y sin poderse contener le preguntó a su madre:
—Mami… ¿Cómo se llama el viejito?
—Todos lo conocemos como don Nacho.
— ¿De qué está enfermo?
—No lo sé, sólo sabemos que no habla con nadie desde que su hija lo abandonó hace algunos años, poco después que yo entrara a trabajar aquí —Le explicó a su hija.
La tarde era agradable, la temperatura había subido un poco y las nubes, arrepentidas por dejar caer su chipi-chipi en algunas partes de la ciudad, se alejaban con lentitud dejando a su paso unas manchas de cielo azul. Rochi se acercó con su bolsa de juguetes y se sentó al lado del anciano, quien al sentir su proximidad volteó perturbado, pero al reconocer a la niña su rostro se relajó y pareció alegrarse. Después de un largo silencio, mientras jugaba, Rochi le preguntó al anciano: « ¿Le pidió algo a Santa?». Un tanto confundido, don Nacho tardó en responderle: «No sé… Me gustaría». Rochi volvió a inquirirle: « ¿Qué le pediría?». El viejo extravió su mirada en el lejano horizonte y pareció no haber escuchado a la niña; pasado un prolongado momento, don Nacho miró intensamente los ojos inocentes de Rochi, con un brillo en los suyos que parecía haber desaparecido hacía mucho tiempo, contestándole en un susurro: «Quisiera volver a ver a mi hija». Con su más alegre cara, Rochi tomó de la mano al anciano y lo jaló para ponerlo de pie, diciéndole: «En el árbol de Navidad está un nacimiento con el niño Dios… vamos a pedírselo a él».
Sin esperar ninguna respuesta, Rochi siguió jalando a don Nacho hasta la estancia del asilo, donde se encontraba el árbol Navideño con un nacimiento en su base y en la cuna un niño Dios demasiado grande, desproporcionado en comparación al resto de figuras de cerámica que adornaban el pesebre. Ahí la niña obligó al anciano a hincarse, y juntos comenzaron a orar para que se cumpliera el deseo de don Nacho.
La enfermera Miriam y el doctor Cervantes, quienes habían estado observando toda la escena, se voltearon a ver y sonrieron. Ambos sabían que el resto de la vida de don Nacho sería menos deprimente, y habían acertado en permitirle a una niña alegrar al viejo esa Navidad. Sin nada por decir, cada quien continuó con sus labores para terminar ese día e irse satisfechos a sus respectivos hogares para disfrutar de una alegre cena en compañía de sus seres queridos.
De la mano de su madre, Rochi regresó a su hogar para gozar una inolvidable Nochebuena junto con toda su familia, hasta que avanzada la noche la convencieron para irse a dormir, amenazándola con que no llegaría Santa Claus si no lo hacía. Con la esperanza de que el viejo barbón, con el traje rojo y sonora risa, también cumpliera el deseo de don Nacho, la niña con semblante angelical se quedó profundamente dormida.
No muy lejos un anciano dormía con una sonrisa en su rostro, y en su mano apretando el Pet Shop que le había regalado quien creyó era su hija. 
Fin

martes, 19 de junio de 2018

Perdido en la inmensidad


Perdido en la inmensidad  
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Cuando se es joven a veces no se miden las consecuencias de nuestros actos y con frecuencia no se valora el peligro, especialmente si se siente uno sobresaliente en alguna aptitud. Tal fue mi caso en esa tarde calurosa de verano en las doradas playas de Puerto Madero, Chiapas.
Ahora, al ver el deterioro producido por el hombre a la natural belleza de aquellas playas, antes casi vírgenes, me es difícil creer lo que me pasó. Los actuales rompeolas penetrando a gran distancia en el océano, sin duda han alterado la resaca y las corrientes marinas que aquella tarde propiciaron mi enfrentamiento con la muerte. Pero en aquella ocasión, hace ya muchos años, la extensa playa se sumergía hacía el mar abierto, donde las olas se elevaban con ímpetu y las corrientes traicioneras podían absorber a un hombre sin ningún remordimiento y desaparecerlo para siempre. A pesar del tiempo transcurrido, todavía podía sentir las mariposas revoloteando en la boca de mi estómago, al recordar el trago amargo y, al mismo tiempo, la increíble fusión espiritual entre dos seres que viví en aquel día.
Todo comenzó cuando un grupo de amigas y amigos decidimos ir muy temprano a Puerto Madero, muy cercano a la ciudad de Tapachula, Chiapas, para disfrutar de un sábado soleado en la playa, sumergirnos en el mar y saborear la exquisitez de mariscos en las palapas asentadas a lo largo de la zona turística. El día parecía perfecto, casi no hacía viento y el mar, aunque el agua se sentía fría al principio, se encontraba en calma. Las encrespadas olas no muy altas rompían más allá de la playa que abruptamente se hundía en el océano. La hermosa mañana se nos fue imperceptible mientras jugábamos futbol o voleibol en la arena ardiente, para sudorosos sumergirnos después en la fresca agua salada del mar. Cansados, más allá del medio día, comenzamos a beber algunas cervezas y nos separamos en grupitos o en parejas bajo la agradable sombra del techo de la palapa donde acostumbrábamos comer. Al arreciar el hambre nos volvimos a juntar en una mesa de buen tamaño, para empezar a disfrutar la deliciosa comida que habíamos ordenado. Yo me atraqué con un coctel de camarón y una mojarra a la plancha que apenas me pude acabar. Al terminar la comilona y después de charlar un rato en la sobremesa, me sentí somnoliento y me fui a acomodar en una hamaca para relajarme, en la cual me quedé dormido por un buen tiempo.
Al despertar, Lolita se mecía en una hamaca contigua, y mirándome a los ojos sin ningún remilgo dejó que me acurrucara junto a ella. Pasado un momento y sin romper el silencio roce sus labios con mi boca, para continuar con un prolongado beso que me hizo subir la temperatura de mi cuerpo varios grados. Sin duda la atracción era mutua, aunque no habíamos definido ninguna relación en particular entre nosotros. Sintiéndome acalorado, decidí darme un chapuzón en el agua refrescante del mar; invitación que rehusó Lolita pretextando que prefería quedarse recostada en la hamaca. El resto de mis amigos se encontraban durmiendo la siesta o en pláticas románticas de pareja, por lo cual no se percataron del momento en que me sumergí en el mar.  
Yo era un excelente nadador y joven presumido, había competido en varios selectivos para acudir a los juegos panamericanos en las especialidades de 100 y 400 mts nado libre, 100 y 200 mts de mariposa y relevos 4 X 100 combinado. Aunque a decir verdad por muy poco no pude calificar; sin embargo, todos los que me conocían, incluyéndome a mí, estábamos seguros de mi destreza en el agua y nadie pensaba que me pudiera ahogar. Pero como dije al principio, la realidad pronto nos enfrenta a nuestras propias limitaciones y nos ubica en nuestra verdadera justa dimensión.
Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando me zambullí en el agua y como un estúpido arrogante omití respetar al mar. Al principio sentí el agua fría, pero después de un momento me pareció bastante agradable, y sin ninguna precaución me fui alejando de la playa siguiendo las encrespadas olas mar adentro. Cruzaba las más altas sumergiéndome o montaba las crestas de las más bajas, hasta que de pronto mis pies ya no tocaron el fondo arenoso y solo me mantenía flotando. Para mí no era un gran problema, excepto porque el viento había arreciado y las olas cada vez se hacían más grandes chocando entre sí con gran violencia. Cuando el oleaje comenzó a zarandearme y bebí uno o dos tragos de agua salada, decidí que era tiempo de regresar a la playa que se encontraba lejana. Cuál no sería mi sorpresa, al percatarme que en lugar de acercarme a la orilla irremediablemente me estaba alejando a pesar de todos mis esfuerzos. Desesperado lo intenté una y otra vez, pero todo fue inútil, había sido atrapado por la fuerte resaca y una corriente marina que me arrastraba en sentido opuesto al que yo deseaba.
Fue entonces cuando comencé a sentir miedo; al frente la costa se alejaba, a mi izquierda el glorioso sol iniciaba su descenso en el lejano horizonte y a mi derecha el manto de la noche se me venía encima amenazante. Exhausto, decidí descansar un poco poniéndome a flotar boca arriba, mientras con fervor, aunque no era muy creyente, le imploraba a Dios que me ayudara. No sé cuánto tiempo pasó, pero angustiado contemplé cómo el sol se sumergía lentamente en el horizonte, dejando solo un resplandor naranja en el cielo casi sin nubes, permitiendo que una a una se encendieran las estrellas en el firmamento. Al mismo tiempo, cuando me elevaba en las crespas del oleaje, apenas alcanzaba a distinguir las luces de las palapas en la playa que comenzaban a encenderse.
En ese momento se me hizo consciente la posibilidad que muriera esa misma noche, y acepté que mi capacidad para mantenerme con vida en la inmensidad del océano Pacífico era rebasada por mucho. Conforme me aplastaba la oscuridad de la noche mi miedo se fue convirtiendo en pánico y desesperado comencé a nadar frenético, solo para constatar que no avanzaba para ningún lado. Estaba totalmente desorientado y ya no sabía para dónde se encontraba la costa, sus luces habían desaparecido por completo. Agotado, me puse a flotar una vez más boca arriba, dándome cuenta entonces que una enorme luna llena se alzaba en el firmamento nocturno, rompiendo la oscuridad que me estaba abrumando. Este hecho, de alguna manera me consoló e hizo que renacieran mis esperanzas tranquilizándome.
En ese preciso instante me prometí a mí mismo, que pasara lo que pasara me mantendría a flote hasta el límite de mis fuerzas en espera de la mínima probabilidad que alguien me rescatara, y de no ser así, al menos moriría luchando como hombre.
Aunque estaba seguro que podría mantenerme a flote por un buen tiempo, ahora mis problemas eran los dolorosos calambres que sentía en mi abdomen y piernas. El miedo, el agua fría y el esfuerzo realizado me habían tensado mis músculos, por lo que intenté relajarme y esperar la ayuda divina, sin nada más por hacer.
Más tarde me enteré, que después de pasado un tiempo Lolita se levantó de la hamaca y comenzó a buscarme; primero en la playa preguntando a los amigos, más tarde escudriñando en el mar. Al no encontrarme por ningún lado se empezó a preocupar, comunicándoselo a todos. Después de una infructuosa búsqueda, decidieron pedir ayuda a los pescadores que vivían en las casas de las palapas, quienes de inmediato saltaron a una pequeña embarcación con motor fuera de borda, y se adentraron en el mar en un vano intento por encontrarme antes que cayera la noche.
La pálida luz de la luna rompiendo la densa oscuridad me había devuelto la calma; solo el temor a lo desconocido de las profundidades del mar me aterraba, y me parecía que en cualquier momento algún monstruo marino saldría para devorarme. Tratando de distraerme para no perder la cordura, intenté recordar el día en que por primera vez conocí el mar.
Fue la vez, cuando tenía unos quince o dieciséis años de edad, que llegué con mi mejor amigo José Luis al bello puerto de Acapulco, Guerrero. Habíamos viajado de aventón desde la ciudad de México, teniendo mucha suerte que un sacerdote nos llevara en su combi hasta la ciudad de Cuernavaca, y todavía no conforme, en la gasolinera de Temisco, nos ayudara para que viajáramos en el auto de un matrimonio y sus dos niños hasta el turístico puerto de Acapulco. Transcurridas unas cinco o seis horas llegamos a nuestro destino, y al cruzar las montañas costeras de improviso se nos apareció al fondo la bahía de Acapulco. Los grandes edificios asentados a lo largo de la costa y los barcos anclados en el puerto eran impresionantes, pero nada comparado con la vista maravillosa del mar turquesa perdiéndose en el horizonte, que estrujó nuestras almas al contemplar su inmensidad desde lo alto de la carretera serpenteando entre  las montañas.
Al fin, el amable matrimonio y sus hijos nos dejaron en la playa Caleta, frente al hotel donde ellos se hospedarían. Al pisar la fina arena lo único que pensábamos era en meternos al mar; cambiándonos presurosos en unos vestidores portátiles dispuestos en la playa, José Luis y yo pronto estuvimos disfrutando, por primera vez en nuestras vidas, de unas tranquilas olas y el extraño sabor del agua salada que nos irritó las narices, provocándonos continuo moqueo y una piel pegajosa. Esa primera sensación al zambullirme en el mar ha quedado grabada para siempre en mi memoria.
El frio intenso que sentía me regresó a la realidad, la hipotermia se agudizaba comenzando a convulsionarme y la tensión de mis músculos endurecía mi cuerpo dificultando mantenerme a flote. Tozudo me negaba a dejarme ir, y por instinto con gran dolor buscaba con mi cabeza algo que me salvara; fue cuando me pareció ver la sombra de una aleta, recortada por el pálido reflejo de la luna bailando sobre el oleaje. Bueno, pensé, la cosa no podía ponerse peor, ahora presentía que iba a ser devorado por un temido tiburón.
No sentí miedo, solo un tremendo coraje. Era tan estúpido morir de esa forma, que si hubiese podido hubiera reído con ganas. Ahora no podría disfrutar de mi carrera recién terminada, jamás encontraría el amor de mi vida para casarme con ella y tener uno o dos bellos hijos; ya no llegaría a viejo para recordar feliz todas esas vivencias, y lo más triste de todo, no volvería a ver a mis padres, hermanos y amigos.
Pensé en Lolita, la hermosa jovencita que con sus ojos trataba decirme que me quería, pero yo engreído me había estado haciendo del rogar. Ahora sin remedio perdería toda oportunidad, tal vez ella me lloraría por algún tiempo para luego olvidarme y casarse con otro hombre más inteligente que yo. Entonces grité… Grité con todas las fuerzas que me quedaban y miré furioso hacía donde me pareció haber visto al terrible animal.
Esta vez estaba seguro, había visto de cerca sobresalir del agua al depredador; pero no podía hacer nada, mi cuerpo ya no me respondía. Todo lo que se me ocurrió hacer fue encomendar mi alma a Dios y cerrando los ojos esperé angustiado la primera mordida; tan solo esperaba que no durara demasiado el ataque y acabara pronto conmigo.
Todo el universo pareció suspenderse, solo se escuchaba el rápido latido de mi corazón, y cuando pensaba que tal vez me había equivocado, sentí que algo duro rozaba mi espalda entumecida. Traté de gritar, pero nada salió de mi garganta y volví a sentir el contacto, aunque ahora más prolongado. Definitivamente no era una mordida, tampoco un golpe; sino más bien era como si alguien me empujara hacia arriba para evitar que me hundiera. Intrigado abrí mis ojos, para sorprenderme al ver la inconfundible cabeza de un enorme delfín muy cerca de mí.
El hermoso ser intentaba hacerme entender que quería ayudarme, emitiendo sus agudos sonidos mientras nadaba a mi rededor y juntaba su cuerpo al mío para que me sujetara a él. Con una extraña voz que salió de mi garganta, apenas balbucee: «Amigo, tú has de ser la ayuda divina», y como pude traté de aferrarme a su aleta con mis manos entumidas que apenas me obedecían. Con gran lentitud comenzó arrastrarme, pero no habíamos avanzado mucho cuando sin fuerza mis manos no pudieron más y se soltaron. Entonces el delfín regresó y acariciándome la cara con su boca puntiaguda, mientras sus ojos oscuros me miraba profundamente, con su alma pareció decirme: «Calma amigo, no te preocupes, voy a ponerte a salvo», y no cejó en su empeño, una y otra vez cuando agotado yo me soltaba, él regresaba por mí y lo volvía a intentar.
En un glorioso momento, al encontrarnos en lo alto del oleaje, logré distinguir las lejanas luces de la costa y la esperanza renació en mí. De alguna manera Dios me dio fuerzas y hasta intenté patalear para cooperar con mi amigo delfín. Pronto me di cuenta que las luces se acercaban cada vez más y al mismo tiempo, abrazados en una unión de vida, el delfín y yo avanzábamos más rápido, ahora ayudados por las olas que arrepentidas me devolvían a la playa.
Sin saber cómo, una gran ola me depositó en la arena que se encontraba a poca profundidad, desde donde con dolor pude arrastrarme hasta la tibia arena de la playa, y aunque agradecido busqué con la mirada a mi delfín salvador ya no pude encontrarlo; sencillamente se había desvanecido de la misma forma como por milagro apareció.
Antes de desfallecer y exhausto quedar inconsciente, alcancé a escuchar los insistentes ladridos de perros y después nada. Unos niños que vivían en una casa cercana a la playa, intrigados por los ladridos se acercaron a lo que creyeron un enorme pez muerto en la arena, y cuál sería su sorpresa al comprobar que era un hombre moribundo en traje de baño. De acuerdo a la hora en que me encontraron los niños, solo habían transcurrido unas tres horas desde que me había zambullido en el océano a siete kilómetros de distancia; tres horas que a mí se me habían hecho como tres eternidades. 
Ese día, muchos años después, me encontraba con mi hijo de diez años sentado en la punta de un rompe olas de piedra, varilla y concreto. La espuma de las olas al romperse nos salpicaba y un suave viento nos acariciaba el rostro, mientras yo, absorto, seguía escudriñando el horizonte. La enorme luna llena colgada en el firmamento repleto de estrellas se reflejaba en el ondulante oleaje mar adentro, haciéndome recordar con nitidez mi lejano enfrentamiento con la muerte. También pensé en Lolita, aquella bella joven a quien nunca le pedí que fuera mi novia y olvidé al regresar a la capital de México, después de terminar mi servicio médico en el Hospital Civil de Tapachula. Alguien me dijo que también había emigrado a la gran ciudad y trabajaba en algún Banco, pero jamás la volví a ver.
De pronto mi hijo, interrumpiendo mis pensamientos, aburrido y con frio me regresó al presente preguntándome:
— ¿Qué hacemos aquí, papá?
— ¡Solo buscando un amigo! —le respondí enigmático.
Sin comprender se me quedó mirando intrigado, y en tanto yo meditaba si le contaba algo que hasta para mí parecía una ilusión creada por mi mente delirante por la hipotermia. Abruptamente interrumpió mis pensamientos gritando entusiasmado:
— ¡Mira papá, un delfín!
Era cierto, con el corazón latiéndome acelerado pude distinguir con claridad la inconfundible silueta del delfín, delineada por delante del reflejo plateado de la luna, jugando y saltando alegremente sobre las olas encrespadas, creando una escena imborrable en el fondo de mi memoria. Entonces grité con todas mis fuerzas:
— ¡Gracias amigo!
Dos o tres veces había regresado a ese lugar buscando a mi milagroso salvador, porque nunca había tenido la oportunidad de expresarle mi agradecimiento, algo que desde entonces traía atorado en mi alma. De alguna manera tuve la certeza que ese delfín era mi amigo y guardián, quien me había salvado la vida y me había permitido una segunda oportunidad para ser mejor ser humano, influyendo hasta en lo más profundo de mi alma. Ahora, conectados espiritualmente por fin pude hacerlo y hasta ese momento con mi mente también se lo agradecí, prometiéndole ser un buen hombre.  

Fin.

domingo, 21 de enero de 2018

Trasmutación

Trasmutación
José Pedro Sergio Valdés Barón

No se dio cuenta hasta cuando tenía unos siete años, lo comenzó hacer en las ocasiones en las cuales su madre lo buscaba para castigarlo por haber hecho alguna travesura grave. Al principio no sabía cómo lo hacía, ni lograba controlarlo por mucho tiempo, pero con la practica aprendió lo que podía hacer y cuáles eran sus limitaciones. Se le escapaba a su madre transformándose en cualquiera de sus amigos por un corto lapso, y al pasarle el enojo a su madre regresaba a su casa. En la escuela se convertía en otro niño cuando su profesor o el director lo querían castigar por alguna falta, y se anticipaba a los alumnos mayores que deseaban hacerle bullying, escondiéndose en los baños o en el closet de materiales didácticos para transformarse en un niño más grande y fuerte, amenazándolos con golpearlos si le hacían algún daño a su supuesto protegido, de esa manera ningún abusador se atrevía meterse con él. Como era inteligente y sabía utilizar la computadora de su padre, investigó en Internet su anomalía sin encontrar nada al respecto, concluyendo que posiblemente él era único en todo el mundo. No obstante, la información obtenida de otros fenómenos extraños le abrió los ojos, y muy pronto entendió que su don debería mantenerlo en secreto para obtener mejores resultados, y además no deseaba ser un fenómeno circense para la gente, ni un conejillo de indias para los médicos. 
            Con el tiempo prefirió comportarse como una persona normal, y solo en raras ocasiones o por alguna razón importante utilizaba su don de transformarse con solo pensarlo y tan fácil como hacer un simple gesto, aunque únicamente podía lograrlo con su cuerpo modificando su color, facciones, complexión y estatura por un máximo de doce horas. Así llegó a la edad adulta siendo un hombre exitoso en su profesión de periodista, y no obstante haber tenido muchas mujeres en su vida nunca se casó ni encontró el verdadero amor.
            Solitario, y cerca de los sesenta y cinco años de edad, su única diversión era ver televisión en su departamento de soltero o meterse en un cine y vivir fantasías a través de la pantalla, permitiéndole a su imaginación vagar dentro de los personajes ficticios de las películas o más tarde en los mundos creados por él mismo. Sin embargo, un día cambió su vida por completo al contemplar en la pantalla gigante a la mujer más hermosa jamás vista por él. Su nombre era Gemma Arlington, una actriz Australiana de indescriptible belleza. Fue amor instantáneo a primera vista, y desde ese momento se convirtió en la razón de vivir del anciano Juan Pérez. Lo primero en hacer al día siguiente fue buscar en todas las filmotecas las películas protagonizadas por Gemma, que por desgracia no eran muchas, y continuó indagando toda la información de ella subida a Internet, para finalmente sentir la imperiosa necesidad  de conocerla en persona y tal vez algo más.
            Pasados unos días no solo estaba perdidamente enamorado, sino ya se encontraba obsesionado con ella. Sentía conocerla desde siempre y en su mente estaba gravado cada centímetro de su cuerpo. Aunque estaba consciente que ella vivía en otro mundo por completo diferente al de él, no solo separado por la distancia sino también por el tiempo, Gemma tenía treinta y un años y él era un viejo. Por suerte ella no tenía hijos y estaba separada de su cónyuge por el momento, dándole a él una oportunidad imposible de desperdiciar. Con la información conseguida logró conocer los gustos de Gemma, sus preferencias, necesidades y debilidades, permitiéndole elaborar un plan con muchas probabilidades para conquistarla. Comenzó con practicar su don casi olvidado para transformarse con el físico más atractivo para Gemma, sin olvidar la personalidad y el carácter admirados por ella, y como a lo largo de su vida de soltero había acumulado una pequeña fortuna con su profesión periodística e inversiones bastantes lucrativas, no tuvo problemas económicos para llevar a cabo su plan ya definido.
            Un buen día partió a la ciudad de los Ángeles, Cal. con la intención de encontrarse con su amada Gemma y conocerla en persona. Por medio de sus contactos periodísticos conservados supo que estaba filmando una serie televisiva en Sony Pictures en Culver City, usa y hasta allá se dirigió. Se hospedó en el hotel Ramada Culver City cercano a los estudios, y gracias a su dominio del idioma inglés, pudo ponerse en contacto telefónico con el responsable de relaciones públicas de los estudios para concertar una cita con él. Dos días después recibió la confirmación para una reunión con un asistente de relaciones públicas de Sony Pictures. Se presentó en los estudios con la fisonomía de quien sería el nuevo Juan Pérez, y se identificó con su credencial oficial de periodista que conservaba, requiriéndole solo alterar la fotografía con su apariencia actual. El motivo argumentado, con el representante llamado Alan Taylor, fue que una revista muy importante en México estaba interesada en publicar un reportaje con su estrella Gemma Arlington, lo cual, sin duda, ayudaría a los estudios Sony en la promoción en México de la nueva serie que estaban grabando. La petición no era extraña, y el representante Alan Taylor se comprometió con Juan para responderle a la mayor brevedad posible. Satisfecho regresó al hotel y se puso a repasar todo lo que sabía sobre Gemma. Sin mutación, para distraerse y matar el tiempo transcurriendo lentamente el viejo Juan Pérez conoció los lugares turísticos cercanos, como: La Marina del Rey y Santa Mónica, y una semana después recibió una llamada de Alan Taylor para entrevistarse con la actriz Gemma Arlington.
            Con su mejor apariencia y muy nervioso se presentó en los estudios a la hora indicada llevando una grabadora portátil, y en una confortable estancia se sentó a esperar impaciente, acompañado de su amable anfitrión, la aparición de su amada. No esperaron mucho, y de pronto Juan sintió iluminarse el lugar al contemplar por primera vez la hermosura de la mujer amada en persona. Al estrechar su mano se dio cuenta de dos cosas: la belleza de ella superaba todo lo imaginado, y en sus ojos marrones percibió que él le agradaba sin la menor duda. Al quedarse solos, Juan inició la entrevista como solía hacerlo, y poco a poco fue haciendo crecer el interés de ella, quien disimuladamente quiso saber aspectos personales de él, como: dónde vivía, si era casado o tenía pareja, y no obstante haber visitado México en varias ocasiones, insistió le describiera lugares románticos para conocer en el país Azteca, fuera del contexto profesional de la entrevista y como una insinuación sutil. Así el tiempo voló y Gemma debió irse, no sin antes aceptar una invitación a cenar de Juan, con el pretexto de terminar el reportaje.
            En un automóvil rentado y vestido de gala se presentó con antelación en el restorán Mastro´s Steakhouse para esperar con calma a Gemma. Al entrar radiante la actriz captó la atención de los hombres, y no pocos envidiaron a Juan cuando lo besó en la mejilla sentándose frente a él. La cena transcurrió como si se conocieran desde mucho tiempo antes, y el motivo principal pronto quedó en el olvido para dar paso a una relación que prometía ir más allá de una simple amistad, la mutua atracción fue evidente. Esa noche se despidieron a la entrada del restorán, y antes de subirse a la limosina con un chofer esperándola, las comisuras de sus labios se rosaron al darse el beso de despedida en las mejillas.
            Cansado pero feliz, Juan Pérez, el viejo, meditaba recostado en la amplia cama del hotel. Todo salió como en ruedas, sin duda había logrado atraerla lo suficiente para pensar en poder conquistarla. En los siguientes días no pudo verla tanto como él hubiera deseado, durante la mayor parte del día estaba ocupada en el set de grabación, y por las noches debía dormir temprano porque al día siguiente tenía llamado a primera hora. Tan solo un domingo durante el cual estuvo libre pudieron ir a pasear a Santa Mónica, y utilizando su amplia experiencia con las mujeres no tardó mucho para lograr se comportaran como un par de enamorados. Visitaron el famoso Muelle de Santa Mónica, anduvieron por la Third Street Promenade, comieron en el restorán de mariscos The Lobster y contemplaron la indescriptible puesta de sol en Ocean Ave en el Perri´s Café.
            Unas noches después, Juan llevó a Gemma a su lujosa residencia en Beverly Hills, y antes de despedirse lo invitó a pasar. El interior estaba amueblado con lujo y buen gusto, pero parecía algo impersonal, tal vez debido a que su verdadero hogar estaba en Sídney, Australia, o por el rompimiento con su marido en proceso de divorcio. Como fuera, a Juan le temblaban las rodillas por la excitación, presentía que esa noche podría culminar su fantasía iniciada en la butaca de un cine cuando la vio por primera vez. No se desilusionó, casi sin darse cuenta paso a paso una pasión desenfrenada hizo presa de los dos, llevándolos a la cama en la habitación de ella hasta la madrugada. Cuando agotados en la penumbra se contemplaban tiernamente con ojos de enamorados, fue el momento en el cual la alarma en el cerebro de Juan comenzó a sonar. Le quedaba una hora, tal vez dos, para volverse a convertir en Juan Pérez, el viejo. Pretextando que debía reportarse a México muy temprano y enviar el material recopilado hasta el momento, se despidió de Gemma y resignados prometieron verse lo más pronto posible.
            Juan Pérez, el viejo, tenía un serio problema, su dilema era continuar con el engaño como hasta el momento, a pesar que cada día se estaba complicando y por el cansancio cada vez le costaba más esfuerzo mantener la mutación, o confesar la verdad aunque pareciera increíble y a sabiendas que todo terminaría destrozando sus corazones. Por un lado sería honesto con ella aunque sacrificara su amor, y por el otro sería un egoísta engañando al amor de toda su vida y seguiría sufriendo el remordimiento que ya le quemaba. Mientras rumiaba su dilema, un día al salir del hotel fue enfrentado agresivamente por un hombre, al cual reconoció como el exesposo de Gemma, quien incrédulo le interpeló si él era Juan Pérez, el amante de quien todavía era su esposa de acuerdo a la ley. Juan sorprendido titubeó en responder, permitiendo al exmarido manifestar su duda muy lógica y tomarlo por las solapas de la camisa, para espetarle: — ¡Usted no puede ser el desgraciado Juan Pérez, usted es un viejo!—. Más por confusión que por miedo, Juan aprovechó la salida, diciendo: —Usted ha de estar buscando a mi hijo— con lo dicho Juan esperaba ganar tiempo para aclarar su mente. — ¿En dónde está el maldito?— quiso saber el furibundo cornudo. — ¡No lo sé…No lo he visto desde ayer!— respondió, Juan, aliviado. Empujando a Juan, el marido ofendido se retiró furioso subiéndose a un auto estacionado frente al hotel. Pasado el susto, Juan intento comunicarse con Gemma, pero no pudo hacerlo por estar ella en plena grabación. Como se habían citado esa noche en la casa de ella decidió esperar hasta entonces, dejando lo sucedido pendiente. Después de comer regresó al hotel a descansar para estar listo en la noche, sin darse cuenta el sueño lo venció y despertó cuando un noticiero de la tarde informaba de la agresión sufrida por la actriz Gemma Arlington en manos del actor Peter Fabiani, quien fuera su marido y ahora estuviera en proceso el divorcio del matrimonio. La actriz se encontraba en estado crítico en algún hospital de Santa Mónica y la policía estaba en busca del supuesto agresor sin éxito hasta el momento. Por medio del representante de Sony, Alan Taylor, Juan supo dónde estaba internada Gemma y, sin pensarlo, de inmediato se dirigió al lugar sintiendo que su corazón se le salía del pecho. Durante cinco días, Juan permaneció la mayor parte del día cerca de su amada en calidad de amigo para las autoridades que la custodiaban, y solo se ausentaba para ir al hotel por las noches a transformarse, bañarse y cambiarse de ropa para estar al día siguiente junto a ella. Por fin, al quinto día Gemma salió del coma inducido, para reconocer primero a sus padres quienes habían viajado desde Australia, y en seguida mirar a Juan con lágrimas en los ojos. Días más tarde, Gemma abandonó el hospital en silla de ruedas, con un brazo enyesado y un corsé inmovilizándole dos costillas rotas. Como en los estudios Sony le dieron permiso para ausentarse hasta su completa recuperación, los padres de Gemma la convencieron para viajar a su hogar en Sydney, y solo aceptó al prometerle Juan alcanzarla tan pronto arreglara sus asuntos pendientes.
            Juan no tuvo la necesidad de buscarlo, se había dado cuenta que el tal Fabiani lo vigilaba, sin duda buscando el momento oportuno para atacarlo y antes que la policía lo atrapara. Juan se había quedado para vengarse y eliminar cualquier riesgo de otra agresión a su amada Gemma, por lo tanto urdió un plan para llevarlo a cabo antes de viajar a Sydney. Esa misma noche, después de despedirse de Gemma y su padres en el aeropuerto internacional de los Ángeles, Juan, el joven, salió del hotel para caminar por el parque cercano, y al percatarse de la aproximación del agresor, se ocultó en unos baños públicos para transformarse en un verdadero monstruo asesino que sorprendió por completo a Peter Fabiani, quien solo esperaba encontrarse con su indefensa víctima. En realidad no le costó mucho esfuerzo dejar moribundo al infeliz Peter Fabiani, quien de sobrevivir no sabría decir ni quién o qué lo atacó, y si la policía buscaba a Juan Pérez, el joven, para interrogarlo jamás lo encontraría, estaría viajando hacía Australia como Juan Pérez, el viejo, para reunirse con su amada Gemma.
            Juan, el joven, por razones obvias rechazó quedarse en la casa familiar de Gemma, e insistió en hospedarse en el hotel Vibe Hotel Sydney, no muy retirado de la zona residencial de Rose Bay donde estaba el hogar de los padres. No obstante estar limitada su movilidad, Gemma se las ingenió para llevar a Juan a los lugares más emblemáticos de Sydney, como: por supuesto el edificio de la Ópera de Sydney, el puente de la Bahía de Sydney, Bondi Beach y Chinatown. A los dos meses de haber vivido en el paraíso, aunque no se hicieron el amor con frecuencia, Gemma debía regresar a los estudios de grabación Sony en Culver City, y ella ya hablaba de vivir juntos en su casa de Beverly Hills. Para Juan significaba la hora para tomar la decisión más importante de su vida, el ser joven por unas horas al día cada vez era más difícil, el engaño lo atormentaba y el cansancio lo abrumaba, y convivir con su amada en los usa estaba fuera de toda realidad. Ahora solo era cuestión de dónde y en qué momento confesarle la verdad. Una noche antes de viajar a los usa y después que el amor los transportó al edén de los enamorados, Juan se armó de valor y le explicó la realidad, la cual al principio Gemma creyó era una broma pesada y en el momento equivocado; sin embargo, no pudo evitar desmayarse cuando contempló cómo su amado se transformaba en un viejo decrépito ante sus propios ojos. Juan lloró al ver la expresión de incredulidad y asombro de Gemma antes de desvanecerse, y aceptó que ese era el final de la breve felicidad compartida con su amada. Por fin comprendió que todas las cosas en la vida tienen un propósito, y ahora sabía que su don tuvo la finalidad de encontrar el amor, a pesar haber nacido en otra época y en otro espacio diferentes a los de Gemma. Contemplando la belleza de su amada entendió que ya no tenía ninguna razón de vivir.
            Al volver en sí, Gemma creyó estar soñando, mientras lograba enfocar sus hermosos ojos marrones en la figura borrosa que tenía enfrente, pero no fue así, paulatinamente se fue definiendo el rostro de quien suponía era su amado Juan Pérez. Le parecía imposible lo visto antes de perder el sentido, sin embargo ahí estaba ese viejo y su amor no se veía por ningún lado. Entonces notó que el hombre no se movía, en tanto sus ojos la miraban fijamente sin pestañear; armándose de valor se fue acercando hasta reconocer los ojos de su amado ahora sin brillo y en un rostro desconocido. Superando su miedo se atrevió a tocar aquella cara sintiendo la frialdad de la muerte. Impulsada por la necesidad de encontrar una respuesta, registro el cadáver hasta encontrar una credencial de identificación y un sobre con el nombre de ella. La identificación era de un hombre llamado Juan Pérez Nahualtzin, de sesenta y cuatro años y nacionalidad mexicana. Más tranquila, aunque incrédula y con el corazón destrozado, leyó la carta dirigida a ella, donde Juan le explicaba todo y cómo se había enamorado desde que la vio por primera vez en la pantalla de un cine.
            Nunca supo explicarse lo que percibió, pero ya no contempló el rostro desconocido de un viejo, sino lo único que veía Gemma fueron los ojos de su amado Juan Pérez, quien en vida tuvo un don imposible de creer, con el cual rompió todas las barreras imaginables para amarla. Con los ojos humedecidos posó sus labios en los de Juan, el viejo, y le susurró: te amo.

Fin