martes, 19 de junio de 2018

Perdido en la inmensidad


Perdido en la inmensidad  
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Cuando se es joven a veces no se miden las consecuencias de nuestros actos y con frecuencia no se valora el peligro, especialmente si se siente uno sobresaliente en alguna aptitud. Tal fue mi caso en esa tarde calurosa de verano en las doradas playas de Puerto Madero, Chiapas.
Ahora, al ver el deterioro producido por el hombre a la natural belleza de aquellas playas, antes casi vírgenes, me es difícil creer lo que me pasó. Los actuales rompeolas penetrando a gran distancia en el océano, sin duda han alterado la resaca y las corrientes marinas que aquella tarde propiciaron mi enfrentamiento con la muerte. Pero en aquella ocasión, hace ya muchos años, la extensa playa se sumergía hacía el mar abierto, donde las olas se elevaban con ímpetu y las corrientes traicioneras podían absorber a un hombre sin ningún remordimiento y desaparecerlo para siempre. A pesar del tiempo transcurrido, todavía podía sentir las mariposas revoloteando en la boca de mi estómago, al recordar el trago amargo y, al mismo tiempo, la increíble fusión espiritual entre dos seres que viví en aquel día.
Todo comenzó cuando un grupo de amigas y amigos decidimos ir muy temprano a Puerto Madero, muy cercano a la ciudad de Tapachula, Chiapas, para disfrutar de un sábado soleado en la playa, sumergirnos en el mar y saborear la exquisitez de mariscos en las palapas asentadas a lo largo de la zona turística. El día parecía perfecto, casi no hacía viento y el mar, aunque el agua se sentía fría al principio, se encontraba en calma. Las encrespadas olas no muy altas rompían más allá de la playa que abruptamente se hundía en el océano. La hermosa mañana se nos fue imperceptible mientras jugábamos futbol o voleibol en la arena ardiente, para sudorosos sumergirnos después en la fresca agua salada del mar. Cansados, más allá del medio día, comenzamos a beber algunas cervezas y nos separamos en grupitos o en parejas bajo la agradable sombra del techo de la palapa donde acostumbrábamos comer. Al arreciar el hambre nos volvimos a juntar en una mesa de buen tamaño, para empezar a disfrutar la deliciosa comida que habíamos ordenado. Yo me atraqué con un coctel de camarón y una mojarra a la plancha que apenas me pude acabar. Al terminar la comilona y después de charlar un rato en la sobremesa, me sentí somnoliento y me fui a acomodar en una hamaca para relajarme, en la cual me quedé dormido por un buen tiempo.
Al despertar, Lolita se mecía en una hamaca contigua, y mirándome a los ojos sin ningún remilgo dejó que me acurrucara junto a ella. Pasado un momento y sin romper el silencio roce sus labios con mi boca, para continuar con un prolongado beso que me hizo subir la temperatura de mi cuerpo varios grados. Sin duda la atracción era mutua, aunque no habíamos definido ninguna relación en particular entre nosotros. Sintiéndome acalorado, decidí darme un chapuzón en el agua refrescante del mar; invitación que rehusó Lolita pretextando que prefería quedarse recostada en la hamaca. El resto de mis amigos se encontraban durmiendo la siesta o en pláticas románticas de pareja, por lo cual no se percataron del momento en que me sumergí en el mar.  
Yo era un excelente nadador y joven presumido, había competido en varios selectivos para acudir a los juegos panamericanos en las especialidades de 100 y 400 mts nado libre, 100 y 200 mts de mariposa y relevos 4 X 100 combinado. Aunque a decir verdad por muy poco no pude calificar; sin embargo, todos los que me conocían, incluyéndome a mí, estábamos seguros de mi destreza en el agua y nadie pensaba que me pudiera ahogar. Pero como dije al principio, la realidad pronto nos enfrenta a nuestras propias limitaciones y nos ubica en nuestra verdadera justa dimensión.
Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando me zambullí en el agua y como un estúpido arrogante omití respetar al mar. Al principio sentí el agua fría, pero después de un momento me pareció bastante agradable, y sin ninguna precaución me fui alejando de la playa siguiendo las encrespadas olas mar adentro. Cruzaba las más altas sumergiéndome o montaba las crestas de las más bajas, hasta que de pronto mis pies ya no tocaron el fondo arenoso y solo me mantenía flotando. Para mí no era un gran problema, excepto porque el viento había arreciado y las olas cada vez se hacían más grandes chocando entre sí con gran violencia. Cuando el oleaje comenzó a zarandearme y bebí uno o dos tragos de agua salada, decidí que era tiempo de regresar a la playa que se encontraba lejana. Cuál no sería mi sorpresa, al percatarme que en lugar de acercarme a la orilla irremediablemente me estaba alejando a pesar de todos mis esfuerzos. Desesperado lo intenté una y otra vez, pero todo fue inútil, había sido atrapado por la fuerte resaca y una corriente marina que me arrastraba en sentido opuesto al que yo deseaba.
Fue entonces cuando comencé a sentir miedo; al frente la costa se alejaba, a mi izquierda el glorioso sol iniciaba su descenso en el lejano horizonte y a mi derecha el manto de la noche se me venía encima amenazante. Exhausto, decidí descansar un poco poniéndome a flotar boca arriba, mientras con fervor, aunque no era muy creyente, le imploraba a Dios que me ayudara. No sé cuánto tiempo pasó, pero angustiado contemplé cómo el sol se sumergía lentamente en el horizonte, dejando solo un resplandor naranja en el cielo casi sin nubes, permitiendo que una a una se encendieran las estrellas en el firmamento. Al mismo tiempo, cuando me elevaba en las crespas del oleaje, apenas alcanzaba a distinguir las luces de las palapas en la playa que comenzaban a encenderse.
En ese momento se me hizo consciente la posibilidad que muriera esa misma noche, y acepté que mi capacidad para mantenerme con vida en la inmensidad del océano Pacífico era rebasada por mucho. Conforme me aplastaba la oscuridad de la noche mi miedo se fue convirtiendo en pánico y desesperado comencé a nadar frenético, solo para constatar que no avanzaba para ningún lado. Estaba totalmente desorientado y ya no sabía para dónde se encontraba la costa, sus luces habían desaparecido por completo. Agotado, me puse a flotar una vez más boca arriba, dándome cuenta entonces que una enorme luna llena se alzaba en el firmamento nocturno, rompiendo la oscuridad que me estaba abrumando. Este hecho, de alguna manera me consoló e hizo que renacieran mis esperanzas tranquilizándome.
En ese preciso instante me prometí a mí mismo, que pasara lo que pasara me mantendría a flote hasta el límite de mis fuerzas en espera de la mínima probabilidad que alguien me rescatara, y de no ser así, al menos moriría luchando como hombre.
Aunque estaba seguro que podría mantenerme a flote por un buen tiempo, ahora mis problemas eran los dolorosos calambres que sentía en mi abdomen y piernas. El miedo, el agua fría y el esfuerzo realizado me habían tensado mis músculos, por lo que intenté relajarme y esperar la ayuda divina, sin nada más por hacer.
Más tarde me enteré, que después de pasado un tiempo Lolita se levantó de la hamaca y comenzó a buscarme; primero en la playa preguntando a los amigos, más tarde escudriñando en el mar. Al no encontrarme por ningún lado se empezó a preocupar, comunicándoselo a todos. Después de una infructuosa búsqueda, decidieron pedir ayuda a los pescadores que vivían en las casas de las palapas, quienes de inmediato saltaron a una pequeña embarcación con motor fuera de borda, y se adentraron en el mar en un vano intento por encontrarme antes que cayera la noche.
La pálida luz de la luna rompiendo la densa oscuridad me había devuelto la calma; solo el temor a lo desconocido de las profundidades del mar me aterraba, y me parecía que en cualquier momento algún monstruo marino saldría para devorarme. Tratando de distraerme para no perder la cordura, intenté recordar el día en que por primera vez conocí el mar.
Fue la vez, cuando tenía unos quince o dieciséis años de edad, que llegué con mi mejor amigo José Luis al bello puerto de Acapulco, Guerrero. Habíamos viajado de aventón desde la ciudad de México, teniendo mucha suerte que un sacerdote nos llevara en su combi hasta la ciudad de Cuernavaca, y todavía no conforme, en la gasolinera de Temisco, nos ayudara para que viajáramos en el auto de un matrimonio y sus dos niños hasta el turístico puerto de Acapulco. Transcurridas unas cinco o seis horas llegamos a nuestro destino, y al cruzar las montañas costeras de improviso se nos apareció al fondo la bahía de Acapulco. Los grandes edificios asentados a lo largo de la costa y los barcos anclados en el puerto eran impresionantes, pero nada comparado con la vista maravillosa del mar turquesa perdiéndose en el horizonte, que estrujó nuestras almas al contemplar su inmensidad desde lo alto de la carretera serpenteando entre  las montañas.
Al fin, el amable matrimonio y sus hijos nos dejaron en la playa Caleta, frente al hotel donde ellos se hospedarían. Al pisar la fina arena lo único que pensábamos era en meternos al mar; cambiándonos presurosos en unos vestidores portátiles dispuestos en la playa, José Luis y yo pronto estuvimos disfrutando, por primera vez en nuestras vidas, de unas tranquilas olas y el extraño sabor del agua salada que nos irritó las narices, provocándonos continuo moqueo y una piel pegajosa. Esa primera sensación al zambullirme en el mar ha quedado grabada para siempre en mi memoria.
El frio intenso que sentía me regresó a la realidad, la hipotermia se agudizaba comenzando a convulsionarme y la tensión de mis músculos endurecía mi cuerpo dificultando mantenerme a flote. Tozudo me negaba a dejarme ir, y por instinto con gran dolor buscaba con mi cabeza algo que me salvara; fue cuando me pareció ver la sombra de una aleta, recortada por el pálido reflejo de la luna bailando sobre el oleaje. Bueno, pensé, la cosa no podía ponerse peor, ahora presentía que iba a ser devorado por un temido tiburón.
No sentí miedo, solo un tremendo coraje. Era tan estúpido morir de esa forma, que si hubiese podido hubiera reído con ganas. Ahora no podría disfrutar de mi carrera recién terminada, jamás encontraría el amor de mi vida para casarme con ella y tener uno o dos bellos hijos; ya no llegaría a viejo para recordar feliz todas esas vivencias, y lo más triste de todo, no volvería a ver a mis padres, hermanos y amigos.
Pensé en Lolita, la hermosa jovencita que con sus ojos trataba decirme que me quería, pero yo engreído me había estado haciendo del rogar. Ahora sin remedio perdería toda oportunidad, tal vez ella me lloraría por algún tiempo para luego olvidarme y casarse con otro hombre más inteligente que yo. Entonces grité… Grité con todas las fuerzas que me quedaban y miré furioso hacía donde me pareció haber visto al terrible animal.
Esta vez estaba seguro, había visto de cerca sobresalir del agua al depredador; pero no podía hacer nada, mi cuerpo ya no me respondía. Todo lo que se me ocurrió hacer fue encomendar mi alma a Dios y cerrando los ojos esperé angustiado la primera mordida; tan solo esperaba que no durara demasiado el ataque y acabara pronto conmigo.
Todo el universo pareció suspenderse, solo se escuchaba el rápido latido de mi corazón, y cuando pensaba que tal vez me había equivocado, sentí que algo duro rozaba mi espalda entumecida. Traté de gritar, pero nada salió de mi garganta y volví a sentir el contacto, aunque ahora más prolongado. Definitivamente no era una mordida, tampoco un golpe; sino más bien era como si alguien me empujara hacia arriba para evitar que me hundiera. Intrigado abrí mis ojos, para sorprenderme al ver la inconfundible cabeza de un enorme delfín muy cerca de mí.
El hermoso ser intentaba hacerme entender que quería ayudarme, emitiendo sus agudos sonidos mientras nadaba a mi rededor y juntaba su cuerpo al mío para que me sujetara a él. Con una extraña voz que salió de mi garganta, apenas balbucee: «Amigo, tú has de ser la ayuda divina», y como pude traté de aferrarme a su aleta con mis manos entumidas que apenas me obedecían. Con gran lentitud comenzó arrastrarme, pero no habíamos avanzado mucho cuando sin fuerza mis manos no pudieron más y se soltaron. Entonces el delfín regresó y acariciándome la cara con su boca puntiaguda, mientras sus ojos oscuros me miraba profundamente, con su alma pareció decirme: «Calma amigo, no te preocupes, voy a ponerte a salvo», y no cejó en su empeño, una y otra vez cuando agotado yo me soltaba, él regresaba por mí y lo volvía a intentar.
En un glorioso momento, al encontrarnos en lo alto del oleaje, logré distinguir las lejanas luces de la costa y la esperanza renació en mí. De alguna manera Dios me dio fuerzas y hasta intenté patalear para cooperar con mi amigo delfín. Pronto me di cuenta que las luces se acercaban cada vez más y al mismo tiempo, abrazados en una unión de vida, el delfín y yo avanzábamos más rápido, ahora ayudados por las olas que arrepentidas me devolvían a la playa.
Sin saber cómo, una gran ola me depositó en la arena que se encontraba a poca profundidad, desde donde con dolor pude arrastrarme hasta la tibia arena de la playa, y aunque agradecido busqué con la mirada a mi delfín salvador ya no pude encontrarlo; sencillamente se había desvanecido de la misma forma como por milagro apareció.
Antes de desfallecer y exhausto quedar inconsciente, alcancé a escuchar los insistentes ladridos de perros y después nada. Unos niños que vivían en una casa cercana a la playa, intrigados por los ladridos se acercaron a lo que creyeron un enorme pez muerto en la arena, y cuál sería su sorpresa al comprobar que era un hombre moribundo en traje de baño. De acuerdo a la hora en que me encontraron los niños, solo habían transcurrido unas tres horas desde que me había zambullido en el océano a siete kilómetros de distancia; tres horas que a mí se me habían hecho como tres eternidades. 
Ese día, muchos años después, me encontraba con mi hijo de diez años sentado en la punta de un rompe olas de piedra, varilla y concreto. La espuma de las olas al romperse nos salpicaba y un suave viento nos acariciaba el rostro, mientras yo, absorto, seguía escudriñando el horizonte. La enorme luna llena colgada en el firmamento repleto de estrellas se reflejaba en el ondulante oleaje mar adentro, haciéndome recordar con nitidez mi lejano enfrentamiento con la muerte. También pensé en Lolita, aquella bella joven a quien nunca le pedí que fuera mi novia y olvidé al regresar a la capital de México, después de terminar mi servicio médico en el Hospital Civil de Tapachula. Alguien me dijo que también había emigrado a la gran ciudad y trabajaba en algún Banco, pero jamás la volví a ver.
De pronto mi hijo, interrumpiendo mis pensamientos, aburrido y con frio me regresó al presente preguntándome:
— ¿Qué hacemos aquí, papá?
— ¡Solo buscando un amigo! —le respondí enigmático.
Sin comprender se me quedó mirando intrigado, y en tanto yo meditaba si le contaba algo que hasta para mí parecía una ilusión creada por mi mente delirante por la hipotermia. Abruptamente interrumpió mis pensamientos gritando entusiasmado:
— ¡Mira papá, un delfín!
Era cierto, con el corazón latiéndome acelerado pude distinguir con claridad la inconfundible silueta del delfín, delineada por delante del reflejo plateado de la luna, jugando y saltando alegremente sobre las olas encrespadas, creando una escena imborrable en el fondo de mi memoria. Entonces grité con todas mis fuerzas:
— ¡Gracias amigo!
Dos o tres veces había regresado a ese lugar buscando a mi milagroso salvador, porque nunca había tenido la oportunidad de expresarle mi agradecimiento, algo que desde entonces traía atorado en mi alma. De alguna manera tuve la certeza que ese delfín era mi amigo y guardián, quien me había salvado la vida y me había permitido una segunda oportunidad para ser mejor ser humano, influyendo hasta en lo más profundo de mi alma. Ahora, conectados espiritualmente por fin pude hacerlo y hasta ese momento con mi mente también se lo agradecí, prometiéndole ser un buen hombre.  

Fin.

domingo, 21 de enero de 2018

Trasmutación

Trasmutación
José Pedro Sergio Valdés Barón

No se dio cuenta hasta cuando tenía unos siete años, lo comenzó hacer en las ocasiones en las cuales su madre lo buscaba para castigarlo por haber hecho alguna travesura grave. Al principio no sabía cómo lo hacía, ni lograba controlarlo por mucho tiempo, pero con la practica aprendió lo que podía hacer y cuáles eran sus limitaciones. Se le escapaba a su madre transformándose en cualquiera de sus amigos por un corto lapso, y al pasarle el enojo a su madre regresaba a su casa. En la escuela se convertía en otro niño cuando su profesor o el director lo querían castigar por alguna falta, y se anticipaba a los alumnos mayores que deseaban hacerle bullying, escondiéndose en los baños o en el closet de materiales didácticos para transformarse en un niño más grande y fuerte, amenazándolos con golpearlos si le hacían algún daño a su supuesto protegido, de esa manera ningún abusador se atrevía meterse con él. Como era inteligente y sabía utilizar la computadora de su padre, investigó en Internet su anomalía sin encontrar nada al respecto, concluyendo que posiblemente él era único en todo el mundo. No obstante, la información obtenida de otros fenómenos extraños le abrió los ojos, y muy pronto entendió que su don debería mantenerlo en secreto para obtener mejores resultados, y además no deseaba ser un fenómeno circense para la gente, ni un conejillo de indias para los médicos. 
            Con el tiempo prefirió comportarse como una persona normal, y solo en raras ocasiones o por alguna razón importante utilizaba su don de transformarse con solo pensarlo y tan fácil como hacer un simple gesto, aunque únicamente podía lograrlo con su cuerpo modificando su color, facciones, complexión y estatura por un máximo de doce horas. Así llegó a la edad adulta siendo un hombre exitoso en su profesión de periodista, y no obstante haber tenido muchas mujeres en su vida nunca se casó ni encontró el verdadero amor.
            Solitario, y cerca de los sesenta y cinco años de edad, su única diversión era ver televisión en su departamento de soltero o meterse en un cine y vivir fantasías a través de la pantalla, permitiéndole a su imaginación vagar dentro de los personajes ficticios de las películas o más tarde en los mundos creados por él mismo. Sin embargo, un día cambió su vida por completo al contemplar en la pantalla gigante a la mujer más hermosa jamás vista por él. Su nombre era Gemma Arlington, una actriz Australiana de indescriptible belleza. Fue amor instantáneo a primera vista, y desde ese momento se convirtió en la razón de vivir del anciano Juan Pérez. Lo primero en hacer al día siguiente fue buscar en todas las filmotecas las películas protagonizadas por Gemma, que por desgracia no eran muchas, y continuó indagando toda la información de ella subida a Internet, para finalmente sentir la imperiosa necesidad  de conocerla en persona y tal vez algo más.
            Pasados unos días no solo estaba perdidamente enamorado, sino ya se encontraba obsesionado con ella. Sentía conocerla desde siempre y en su mente estaba gravado cada centímetro de su cuerpo. Aunque estaba consciente que ella vivía en otro mundo por completo diferente al de él, no solo separado por la distancia sino también por el tiempo, Gemma tenía treinta y un años y él era un viejo. Por suerte ella no tenía hijos y estaba separada de su cónyuge por el momento, dándole a él una oportunidad imposible de desperdiciar. Con la información conseguida logró conocer los gustos de Gemma, sus preferencias, necesidades y debilidades, permitiéndole elaborar un plan con muchas probabilidades para conquistarla. Comenzó con practicar su don casi olvidado para transformarse con el físico más atractivo para Gemma, sin olvidar la personalidad y el carácter admirados por ella, y como a lo largo de su vida de soltero había acumulado una pequeña fortuna con su profesión periodística e inversiones bastantes lucrativas, no tuvo problemas económicos para llevar a cabo su plan ya definido.
            Un buen día partió a la ciudad de los Ángeles, Cal. con la intención de encontrarse con su amada Gemma y conocerla en persona. Por medio de sus contactos periodísticos conservados supo que estaba filmando una serie televisiva en Sony Pictures en Culver City, usa y hasta allá se dirigió. Se hospedó en el hotel Ramada Culver City cercano a los estudios, y gracias a su dominio del idioma inglés, pudo ponerse en contacto telefónico con el responsable de relaciones públicas de los estudios para concertar una cita con él. Dos días después recibió la confirmación para una reunión con un asistente de relaciones públicas de Sony Pictures. Se presentó en los estudios con la fisonomía de quien sería el nuevo Juan Pérez, y se identificó con su credencial oficial de periodista que conservaba, requiriéndole solo alterar la fotografía con su apariencia actual. El motivo argumentado, con el representante llamado Alan Taylor, fue que una revista muy importante en México estaba interesada en publicar un reportaje con su estrella Gemma Arlington, lo cual, sin duda, ayudaría a los estudios Sony en la promoción en México de la nueva serie que estaban grabando. La petición no era extraña, y el representante Alan Taylor se comprometió con Juan para responderle a la mayor brevedad posible. Satisfecho regresó al hotel y se puso a repasar todo lo que sabía sobre Gemma. Sin mutación, para distraerse y matar el tiempo transcurriendo lentamente el viejo Juan Pérez conoció los lugares turísticos cercanos, como: La Marina del Rey y Santa Mónica, y una semana después recibió una llamada de Alan Taylor para entrevistarse con la actriz Gemma Arlington.
            Con su mejor apariencia y muy nervioso se presentó en los estudios a la hora indicada llevando una grabadora portátil, y en una confortable estancia se sentó a esperar impaciente, acompañado de su amable anfitrión, la aparición de su amada. No esperaron mucho, y de pronto Juan sintió iluminarse el lugar al contemplar por primera vez la hermosura de la mujer amada en persona. Al estrechar su mano se dio cuenta de dos cosas: la belleza de ella superaba todo lo imaginado, y en sus ojos marrones percibió que él le agradaba sin la menor duda. Al quedarse solos, Juan inició la entrevista como solía hacerlo, y poco a poco fue haciendo crecer el interés de ella, quien disimuladamente quiso saber aspectos personales de él, como: dónde vivía, si era casado o tenía pareja, y no obstante haber visitado México en varias ocasiones, insistió le describiera lugares románticos para conocer en el país Azteca, fuera del contexto profesional de la entrevista y como una insinuación sutil. Así el tiempo voló y Gemma debió irse, no sin antes aceptar una invitación a cenar de Juan, con el pretexto de terminar el reportaje.
            En un automóvil rentado y vestido de gala se presentó con antelación en el restorán Mastro´s Steakhouse para esperar con calma a Gemma. Al entrar radiante la actriz captó la atención de los hombres, y no pocos envidiaron a Juan cuando lo besó en la mejilla sentándose frente a él. La cena transcurrió como si se conocieran desde mucho tiempo antes, y el motivo principal pronto quedó en el olvido para dar paso a una relación que prometía ir más allá de una simple amistad, la mutua atracción fue evidente. Esa noche se despidieron a la entrada del restorán, y antes de subirse a la limosina con un chofer esperándola, las comisuras de sus labios se rosaron al darse el beso de despedida en las mejillas.
            Cansado pero feliz, Juan Pérez, el viejo, meditaba recostado en la amplia cama del hotel. Todo salió como en ruedas, sin duda había logrado atraerla lo suficiente para pensar en poder conquistarla. En los siguientes días no pudo verla tanto como él hubiera deseado, durante la mayor parte del día estaba ocupada en el set de grabación, y por las noches debía dormir temprano porque al día siguiente tenía llamado a primera hora. Tan solo un domingo durante el cual estuvo libre pudieron ir a pasear a Santa Mónica, y utilizando su amplia experiencia con las mujeres no tardó mucho para lograr se comportaran como un par de enamorados. Visitaron el famoso Muelle de Santa Mónica, anduvieron por la Third Street Promenade, comieron en el restorán de mariscos The Lobster y contemplaron la indescriptible puesta de sol en Ocean Ave en el Perri´s Café.
            Unas noches después, Juan llevó a Gemma a su lujosa residencia en Beverly Hills, y antes de despedirse lo invitó a pasar. El interior estaba amueblado con lujo y buen gusto, pero parecía algo impersonal, tal vez debido a que su verdadero hogar estaba en Sídney, Australia, o por el rompimiento con su marido en proceso de divorcio. Como fuera, a Juan le temblaban las rodillas por la excitación, presentía que esa noche podría culminar su fantasía iniciada en la butaca de un cine cuando la vio por primera vez. No se desilusionó, casi sin darse cuenta paso a paso una pasión desenfrenada hizo presa de los dos, llevándolos a la cama en la habitación de ella hasta la madrugada. Cuando agotados en la penumbra se contemplaban tiernamente con ojos de enamorados, fue el momento en el cual la alarma en el cerebro de Juan comenzó a sonar. Le quedaba una hora, tal vez dos, para volverse a convertir en Juan Pérez, el viejo. Pretextando que debía reportarse a México muy temprano y enviar el material recopilado hasta el momento, se despidió de Gemma y resignados prometieron verse lo más pronto posible.
            Juan Pérez, el viejo, tenía un serio problema, su dilema era continuar con el engaño como hasta el momento, a pesar que cada día se estaba complicando y por el cansancio cada vez le costaba más esfuerzo mantener la mutación, o confesar la verdad aunque pareciera increíble y a sabiendas que todo terminaría destrozando sus corazones. Por un lado sería honesto con ella aunque sacrificara su amor, y por el otro sería un egoísta engañando al amor de toda su vida y seguiría sufriendo el remordimiento que ya le quemaba. Mientras rumiaba su dilema, un día al salir del hotel fue enfrentado agresivamente por un hombre, al cual reconoció como el exesposo de Gemma, quien incrédulo le interpeló si él era Juan Pérez, el amante de quien todavía era su esposa de acuerdo a la ley. Juan sorprendido titubeó en responder, permitiendo al exmarido manifestar su duda muy lógica y tomarlo por las solapas de la camisa, para espetarle: — ¡Usted no puede ser el desgraciado Juan Pérez, usted es un viejo!—. Más por confusión que por miedo, Juan aprovechó la salida, diciendo: —Usted ha de estar buscando a mi hijo— con lo dicho Juan esperaba ganar tiempo para aclarar su mente. — ¿En dónde está el maldito?— quiso saber el furibundo cornudo. — ¡No lo sé…No lo he visto desde ayer!— respondió, Juan, aliviado. Empujando a Juan, el marido ofendido se retiró furioso subiéndose a un auto estacionado frente al hotel. Pasado el susto, Juan intento comunicarse con Gemma, pero no pudo hacerlo por estar ella en plena grabación. Como se habían citado esa noche en la casa de ella decidió esperar hasta entonces, dejando lo sucedido pendiente. Después de comer regresó al hotel a descansar para estar listo en la noche, sin darse cuenta el sueño lo venció y despertó cuando un noticiero de la tarde informaba de la agresión sufrida por la actriz Gemma Arlington en manos del actor Peter Fabiani, quien fuera su marido y ahora estuviera en proceso el divorcio del matrimonio. La actriz se encontraba en estado crítico en algún hospital de Santa Mónica y la policía estaba en busca del supuesto agresor sin éxito hasta el momento. Por medio del representante de Sony, Alan Taylor, Juan supo dónde estaba internada Gemma y, sin pensarlo, de inmediato se dirigió al lugar sintiendo que su corazón se le salía del pecho. Durante cinco días, Juan permaneció la mayor parte del día cerca de su amada en calidad de amigo para las autoridades que la custodiaban, y solo se ausentaba para ir al hotel por las noches a transformarse, bañarse y cambiarse de ropa para estar al día siguiente junto a ella. Por fin, al quinto día Gemma salió del coma inducido, para reconocer primero a sus padres quienes habían viajado desde Australia, y en seguida mirar a Juan con lágrimas en los ojos. Días más tarde, Gemma abandonó el hospital en silla de ruedas, con un brazo enyesado y un corsé inmovilizándole dos costillas rotas. Como en los estudios Sony le dieron permiso para ausentarse hasta su completa recuperación, los padres de Gemma la convencieron para viajar a su hogar en Sydney, y solo aceptó al prometerle Juan alcanzarla tan pronto arreglara sus asuntos pendientes.
            Juan no tuvo la necesidad de buscarlo, se había dado cuenta que el tal Fabiani lo vigilaba, sin duda buscando el momento oportuno para atacarlo y antes que la policía lo atrapara. Juan se había quedado para vengarse y eliminar cualquier riesgo de otra agresión a su amada Gemma, por lo tanto urdió un plan para llevarlo a cabo antes de viajar a Sydney. Esa misma noche, después de despedirse de Gemma y su padres en el aeropuerto internacional de los Ángeles, Juan, el joven, salió del hotel para caminar por el parque cercano, y al percatarse de la aproximación del agresor, se ocultó en unos baños públicos para transformarse en un verdadero monstruo asesino que sorprendió por completo a Peter Fabiani, quien solo esperaba encontrarse con su indefensa víctima. En realidad no le costó mucho esfuerzo dejar moribundo al infeliz Peter Fabiani, quien de sobrevivir no sabría decir ni quién o qué lo atacó, y si la policía buscaba a Juan Pérez, el joven, para interrogarlo jamás lo encontraría, estaría viajando hacía Australia como Juan Pérez, el viejo, para reunirse con su amada Gemma.
            Juan, el joven, por razones obvias rechazó quedarse en la casa familiar de Gemma, e insistió en hospedarse en el hotel Vibe Hotel Sydney, no muy retirado de la zona residencial de Rose Bay donde estaba el hogar de los padres. No obstante estar limitada su movilidad, Gemma se las ingenió para llevar a Juan a los lugares más emblemáticos de Sydney, como: por supuesto el edificio de la Ópera de Sydney, el puente de la Bahía de Sydney, Bondi Beach y Chinatown. A los dos meses de haber vivido en el paraíso, aunque no se hicieron el amor con frecuencia, Gemma debía regresar a los estudios de grabación Sony en Culver City, y ella ya hablaba de vivir juntos en su casa de Beverly Hills. Para Juan significaba la hora para tomar la decisión más importante de su vida, el ser joven por unas horas al día cada vez era más difícil, el engaño lo atormentaba y el cansancio lo abrumaba, y convivir con su amada en los usa estaba fuera de toda realidad. Ahora solo era cuestión de dónde y en qué momento confesarle la verdad. Una noche antes de viajar a los usa y después que el amor los transportó al edén de los enamorados, Juan se armó de valor y le explicó la realidad, la cual al principio Gemma creyó era una broma pesada y en el momento equivocado; sin embargo, no pudo evitar desmayarse cuando contempló cómo su amado se transformaba en un viejo decrépito ante sus propios ojos. Juan lloró al ver la expresión de incredulidad y asombro de Gemma antes de desvanecerse, y aceptó que ese era el final de la breve felicidad compartida con su amada. Por fin comprendió que todas las cosas en la vida tienen un propósito, y ahora sabía que su don tuvo la finalidad de encontrar el amor, a pesar haber nacido en otra época y en otro espacio diferentes a los de Gemma. Contemplando la belleza de su amada entendió que ya no tenía ninguna razón de vivir.
            Al volver en sí, Gemma creyó estar soñando, mientras lograba enfocar sus hermosos ojos marrones en la figura borrosa que tenía enfrente, pero no fue así, paulatinamente se fue definiendo el rostro de quien suponía era su amado Juan Pérez. Le parecía imposible lo visto antes de perder el sentido, sin embargo ahí estaba ese viejo y su amor no se veía por ningún lado. Entonces notó que el hombre no se movía, en tanto sus ojos la miraban fijamente sin pestañear; armándose de valor se fue acercando hasta reconocer los ojos de su amado ahora sin brillo y en un rostro desconocido. Superando su miedo se atrevió a tocar aquella cara sintiendo la frialdad de la muerte. Impulsada por la necesidad de encontrar una respuesta, registro el cadáver hasta encontrar una credencial de identificación y un sobre con el nombre de ella. La identificación era de un hombre llamado Juan Pérez Nahualtzin, de sesenta y cuatro años y nacionalidad mexicana. Más tranquila, aunque incrédula y con el corazón destrozado, leyó la carta dirigida a ella, donde Juan le explicaba todo y cómo se había enamorado desde que la vio por primera vez en la pantalla de un cine.
            Nunca supo explicarse lo que percibió, pero ya no contempló el rostro desconocido de un viejo, sino lo único que veía Gemma fueron los ojos de su amado Juan Pérez, quien en vida tuvo un don imposible de creer, con el cual rompió todas las barreras imaginables para amarla. Con los ojos humedecidos posó sus labios en los de Juan, el viejo, y le susurró: te amo.

Fin

lunes, 26 de diciembre de 2016

El viejo, el niño y el perro


El viejo, el niño y el perro
José Pedro Sergio Valdés Barón
**
La pelota rodó hasta el perro que inmóvil permanecía a los pies del viejo. Marco se detuvo a prudente distancia porque a pesar de haberlos visto muchas veces en el parque, la presencia del perro amedrentaba y el rostro del viejo no era para menos. Armándose de valor se fue acercando, sin apartar la mirada de los ojos del perro. Sobresaltado se detuvo, al escuchar la voz ronca del hombre mayor que le decía con sarcasmo:
            —No temas no te hará nada, es muy manso, a menos que me intenten agredir. Tú no vas hacerme daño ¿Verdad?
            — ¡No!... claro que no…sólo quiero la pelota —le respondió, Marco, mirando ahora al viejo.
            —Entonces qué esperas, agárrala —Lo retó, el hombre, con una sonrisa burlona.
Marco no dudó, aunque sin prisa estiró sus manos hacia la pelota, listo a la reacción del perro. El can sólo acercó su hocico y con él empujó la pelota. Con ella en sus manos, Marco miró una vez más los ojos del viejo que ahora parecían brillar más, y esbozó una mueca parecida a una sonrisa, al mismo tiempo que expresaba las gracias y preguntaba:
            — ¿Cómo se llama su perro?
            —No es mi perro… sólo vivimos juntos, y lo llamo Brandy.
            —Mi nombre es Marcos, me dicen Marco —Le informó el niño, abriéndose ante el adulto mayor— ¿Usted cómo se llama?
            — ¿Sabes?…eres valiente, otro niño no se hubiera atrevido tomar la pelota —Le dijo, sin responder la pregunta—, eso me agrada. Ahora vete con tus amigos que te están esperando
            — ¡Está bien… y gracias! —Gritó al mismo tiempo que corría donde le esperaban otros niños mostrando su impaciencia.
Marco continuó jugando a la pelota con sus amigos como si nada hubiera pasado, y su mente nunca imaginó todo lo que vendría, a partir del incidente con el viejo y el perro que le cambiaría por completo la vida.
La escuela, la tarea y los quehaceres de la casa con los que ayudaba a su madre le absorbieron como siempre, y no volvió acordarse del viejo del parque. Fue hasta el sábado, que no hacía nada más que ver televisión y divertirse con sus amigos igual que el domingo, cuando volvió a encontrarse con el viejo y el perro en el parque. Sin saber en realidad el por qué, a propósito lanzó con discreción el balón hacia el viejo y el perro y corrió tras él. Con cierta timidez se acercó y frente a ellos expresó tan sólo un:
            — ¡Hola! —Al mismo tiempo que con su mano iniciaba una caricia en la cabeza del perro.
            — ¡No!... no lo hagas — demasiado tarde gritó el viejo, el niño ya acariciaba al animal.
Marco se detuvo mirando al hombre, mientras éste se quedaba sorprendido al ver que el Brandy permitía al niño acariciarle la testa.  
            — ¿Por qué? ¿Qué pasa? —Le interrogó, Marco, asustado.
            — ¡Increíble!... Todavía no puedo creer que te haya permitido acariciarlo, a veces ni a mí me deja hacerlo.
            —Es que ya somos amigos ¿Verdad Brandy? — Marco, riendo, le aclaró al viejo en tanto continuaba sobando al perro por detrás de las orejas.
            —Supongo que sí, o será que ya se está volviendo un viejo sentimental como yo —Aventuró el hombre, también acariciando al animal.
La señora Lupita estaba tan atareada como siempre, a pesar que desde muy temprano comenzaba a cocinar en la cenaduría de su propiedad. Pero ahora era diferente, deseaba que la comida estuviera perfecta porque su hijo llevaría a una persona de edad, quien se había convertido en su mejor amigo. Estaba consciente que su hijo era un niño muy responsable y centrado, pero desconfiaba de la amistad con un adulto mayor, por esa razón le convenció para que lo llevara a la cenaduría y ella pudiera conocerlo. Puntual, a las tres de la tarde que comenzaban a servir la comida a los clientes, se apareció su hijo con un hombre canoso y barba gris, y un perro negro con una mancha blanca en el pecho. Dejando lo que hacía a una ayudante, se lavó las manos y se presentó ante el desconocido:
            — ¡Hola! ¿Qué tal? Soy la madre de Marco —Dijo ofreciéndole la mano—, pase… siéntense aquí, en un momento les toman su orden —Los guió hasta una de las mesas en el interior de la cenaduría.
            — ¡Mucho gusto, señora! Pablo, para servirle —Respondió, mientras tomaba la mano de la señora y esbozaba una sonrisa que intentó ser amigable.
Sentados, en tanto esperaban los antojitos que habían ordenado, la madre de Marco le explicó a Pablo el motivo para querer conocerlo:
            —Verá señor Pablo, mi hijo es un buen muchacho, va muy bien en la escuela, me ayuda en la casa cuando estoy trabajando, desde las 9 o 10 de la mañana hasta las 11 de la noche que cierro mi negocio, y rara vez me da problemas a pesar de estar solo casi todo el día. Por eso me preocupa quiénes son sus amigos y en dónde anda; por desgracia desde que falleció su padre no puedo darle la atención que requiere, pero la cenaduría me ocupa demasiado tiempo y no puedo evitarlo, es lo que nos da para vivir.
            —No se preocupe señora, si usted está de acuerdo yo haría todo lo posible por ayudarla con la carga, después de todo Brandy ya lo aprobó como amigo —Se comprometió, palmeando el lomo del perro—. Yo tuve un hijo a quien… Bueno, tal vez ahora pueda hacer lo que no hice por él
            —En verdad se lo agradezco, y ahora que lo conocí me parece un hombre confiable. Supongo que conmigo, usted y el Brandy podremos hacer algo por este jovencito —Dijo esto mirando a su hijo, quien permanecía callado.
Ese año el invierno se adueñó del clima antes de lo esperado, y aunque en realidad sólo en las noches refrescaba mucho, durante el día el sol recalentaba la región permitiendo una agradable temperatura. Sin embargo los cambios de frio y calor provocaban en los adultos enfermedades respiratorias con mayor frecuencia, y Pablo fue víctima de una infección en la garganta, que lo obligó ir al Centro de Salud de la colonia acompañado por Marco. En algún momento, el médico tuvo que salir del consultorio y al regresar dejó entreabierta la puerta. Sin querer Marco alcanzó a escuchar que el doctor recriminaba a Pablo por no quererse atender lo que parecía ser un cáncer. Pasó más de una semana para que el viejo comenzara a recuperarse, aunque persistía una carrasposa tos que le duró varios días más. Marco, quien a pesar de su edad muchas veces pensaba como adulto, esperó el momento propicio para hablar con su amigo, y un día, cuando caminaban por el parque junto con el Brandy, de pronto Marco le espetó al viejo:
            —Tiene cáncer ¿Verdad?
            — ¿Qué?... ¿De qué me hablas? —Dijo, el viejo, sorprendido.
            —Escuché al doctor regañarlo por no atenderse —Le confesó, el niño, mirándolo a los ojos.
Después de un prolongado silencio, Pablo le respondió al niño al mismo tiempo que se sentaban en una banca:
            —No es nada, son sólo manchas en los pulmones. No te preocupes, todo está bien.
            —Creo que sería mejor hacer lo que el médico le dice —Insistió Marco, acariciando el lomo de Brandy— ¿Qué es lo que el médico quiere que haga?
            —Algo para lo que no tengo el dinero necesario.. —Le confesó, Pablo, resignado—. Además, a todo hombre le llega el momento de enfrentar su destino, este es el mío.
            —No puede estar seguro, sino intenta ganarle antes de aceptarlo.
            —Es posible que tengas razón, pero no hay nada que pueda hacer sin dinero —Aclaró, tomando con las dos manos la cabeza de Brandy como si fuera él a quien se dirigiera.
            — ¿Es mucho lo que se necesita? —Quiso saber, Marco.
            —Según el médico del Seguro Popular, él me puede ayudar para que me atiendan en el Instituto Nacional de Cancerología casi sin pagar nada, pero el viaje a la Ciudad de México, el hospedaje y las comidas están fuera de mi alcance —Sonriendo le explicó a Marco—, como verás es la hora de aceptar mi destino.
            — ¡Tal vez no!
Acababa de vencer el principal obstáculo: su madre. Después de una larga discusión, por fin logró que aceptara las razones para haber vendido su bicicleta y su colección de estampillas, y convencerla para permitirle acompañar a su amigo Pablo a la Ciudad de México durante las próximas vacaciones invernales. Y además de faltar una semana antes del descanso, tal vez tuviera que faltar la primera semana de regreso a clases. La señora Lupita, no muy satisfecha, cedió ante los motivos de su hijo y le dio permiso. Sintiéndose conmovida por la actitud bondadosa del niño, de sus ahorros personales le dio dinero para ayudarlos con los gastos que tendrían.
Marco nunca había viajado más allá de su colonia, excepto la vez que fue acompañando a su madre al barrio del Pitillal en Puerto Vallarta. Ahora desde la ventanilla del autobús foráneo admiraba maravillado el paisaje y se asombraba de lo que veía en cada poblado que cruzaban a lo largo de la carretera. Pablo sólo sonreía ante el entusiasmo de su amigo, pero no podía evitar extrañar al Brandy, al que debieron dejar al cuidado de la señora Lupita. Si Marco había mostrado incredulidad ante el tamaño y dinamismo de la ciudad de Guadalajara, se quedó pasmado al contemplar el gigantesco manto de concreto que era la capital mexicana, conforme bajaban por la autopista hasta el valle de Anáhuac donde se asentaba. Cuando descendió del camión y salió a las calles de la ciudad, se quedó mudo y pareció encogerse en medio de la multitud de personas que parecían aplastarlo. Pablo conocía bien la ciudad, había vivido ahí en su juventud, así que no fue mucho problema para él trasladarse hasta la zona de hospitales en la delegación Tlalpan. Como era tarde y tenían hambre, antes de hospedarse en alguno de los hoteles cercanos al Instituto de Cancerología, se metieron en una de las muchas fonditas que había en la zona y apaciguaron sus anhelantes estómagos. Satisfechos, escogieron un hotelucho que no parecía muy caro pero estaba a una cuadra del hospital, y decidieron pernoctar allí y temprano al otro día presentarse a la cita que tenía Pablo con el médico que lo atendería, gracias a la recomendación del doctor Gordillo del Seguro Popular.
Los siguientes días fueron un tormento para Pablo, la quimioterapia lo incapacitaba y debía hospitalizarse por veinticuatro a treinta seis horas hasta medio recuperarse. Aunque le permitían a Marco pasar la noche en el hospital durante esos días, permanecía solo la mayor parte del tiempo, y a pesar de estar acostumbrado a valerse por sí mismo, se sentía un poco desconcertado por encontrase en una ciudad y ambiente desconocidos. No obstante durante el tiempo que pasaba solo se las ingenió para encontrar una casa de huéspedes muy barata, donde también servían comida casera, y por estar cerca del hospital era lo más adecuado para los días en recuperación de su amigo Pablo. Las ocasiones en que Pablo permanecía internado, por las mañanas Marco se aventuró a conocer la inmensa metrópoli. Comenzó alrededor del Instituto y fue ampliando el círculo hasta finalmente atreverse a abordar un autobús urbano. Así dio con la terminal del metro Taxqueña, desde donde la primera vez pudo trasladarse hasta el centro histórico capitalino. Sin querer, en la estación Zócalo fue prácticamente levantado en vilo por el gentío, hasta obligarlo a salir al emblemático centro de la Ciudad de México. Entusiasmado por lo que veía perdió el sentido de orientación y de pronto nos supo dónde se encontraba, ni cómo regresar a la estación del metro en la que se había bajado. Sin perder la calma intentó dar por sí mismo con algún acceso al metro, en el cual esperaba orientarse para regresar a la estación Taxqueña, y de allí le sería fácil llegar a oncología. Pasadas unas horas se dio por vencido y decidió preguntar a una señora joven y bien vestida cómo llegar a alguna estación del metro, quien sorprendida le preguntó:
            — ¿Estás perdido, mijo?
            —Sí, pero si me indica cómo llegar al metro, sabré regresar a cancerología —Le explicó, Marco, a la señora bonita.
            — ¿Acaso estás enfermo de cáncer? —Quiso saber la joven.
            — ¡Yo no! Pero un amigo está allí en tratamiento —Le aclaró a la señorita.
            — ¡Ah! Ya entiendo, vas a visitarlo —Supuso la joven.
            —No, vengo con él desde Mezcales —Le aclaró una vez más, Marco.
            — ¡No comprendo! ¿Veniste con otro niño desde Mezcales para internarlo en oncología? —Confundida comenzó a dudar fuera verdad lo que el niño le decía, y tal vez el mocoso intentaba engañarla de algún modo para sacarle dinero—, a propósito ¿Dónde está Mexcales? —Ahora intrigada deseaba saber la verdad.
            —Creo que está en Nayarit, pero seguro se encuentra cerca de Nuevo Vallarta —Le afirmó Marco, sonriendo—, y no es un niño mi amigo, es un viejo.
Despierta su curiosidad, la señora bonita quiso saber toda la historia, y cuando Marco terminó de contarla brevemente, no pudo evitar que le tocara su corazón.
            — ¿Sabes qué? Si me acompañas al Banco para hacer unos trámites, te llevaré hasta el Instituto Nacional de Cancerología para conocer al viejo que tiene tan buen amigo. Por cierto mi nombre es Teresa, y tú cómo te llamas:
            —Marco, y mi amigo se llama Pablo ¿De veras me llevará hasta oncología? —Dudando le preguntó a la joven.
            — ¡Claro que sí! Yo también puedo ser buena persona —Le aseguró la señorita Teresa—. Además me gusta ayudar a la gente, especialmente si son como tú.
No tardaron mucho tiempo en el Banco, y en un automóvil que olía a nuevo se trasladaron hasta el hospital de cancerología. Por el camino Marco respondió todas las preguntas que le hacía la señora bonita, quien no salía de su asombro al constatar lo increíble que era ese niño de tan sólo diez años de edad, al mismo tiempo que aumentaba su interés por conocer al viejo merecedor de esa genuina amistad. No quedó defraudada, el viejo resultó ser lo que ella esperaba, un hombre maduro y sabio moldeado por las muchas vivencias durante su larga existencia. Cuando salieron del Instituto Nacional de Cancerología, la señorita Teresa no permitió que regresaran a la casa de huéspedes, les ofreció su casa durante los días que Pablo estuviera recuperándose durante la última semana de quimioterapia, antes de regresar a Mezcales.
La casa de la señorita Teresa resultó ser una mansión, donde Marco y Pablo se alojaron en la habitación para huéspedes. La señorita bonita se convirtió en la señora Teresa, esposa de un abogado muy amable, quien les dio la bienvenida, y un precioso niño de unos cinco años de edad. Durante los cinco días que convivieron con sus anfitriones, Marco y Pablo disfrutaron la generosidad de la familia Ballesteros, se encariñaron con el rey de la casa a quien llamaban Beto, y conmovieron con su historia al esposo de la señora Teresa de nombre Rodrigo. A pesar que Pablo no siempre pudo acompañar a Marco y la familia Ballesteros por sentirse muy débil, Marco fue llevado por el matrimonio a conocer lugares emblemáticos de la capital, como la Basílica de Guadalupe donde rogaron por la salud de Pablo, los juegos mecánicos de Chapultepec y Reino Aventura, lugar en el que se divirtieron en grande Beto y Marco, el Museo del Papalote y el Nacional de Antropología, y la zona arqueológica del centro histórico.
Por fin dieron de alta a Pablo del el Instituto Nacional de Cancerología con un pronóstico optimista, aunque debería tomar algunos medicamentos y checarse al menos dos veces por año. El matrimonio Ballesteros no permitió que ellos regresaran a Mezcales en autobús, y les entregaron los boletos de avión para Puerto Vallarta, desde donde fácilmente podrían trasladarse hasta su casa. Al despedirse en la sala de espera del aeropuerto de la Ciudad de México, la señora Teresa le confirmó el compromiso de pagarle la universidad a Marco cuando llegara el momento y les prometió que tan pronto pudieran los visitarían en Mezcales.
Sentados en el avión, Pablo, con los ojos humedecidos, le comentó a su amigo Marco:
            —Es bueno comprobar, de vez en cuando, que todavía existen buenas personas en este mundo.
El Brandy se volvió loco de gusto cuando vio a Pablo y Marco, y mientras la señora Lupita abrazaba a su hijo, el Brandy saltaba sobre Pablo y daba vueltas alrededor de ellos. La felicidad los inundó, el viaje había sido todo un éxito. Pablo regresó con un pronóstico de larga vida, a Marco se le había abierto el horizonte con la promesa de un mejor futuro, la señora Lupita no cabía de orgullo por su hijo, y el Brandy ahora se hartaba de deliciosos antojitos mexicanos.
De vuelta a la normalidad, Pablo y Marco, sentados en su banca del parque con el Brandy a su lado, elucubraban sobre sus planes para el devenir, aunque el viejo, el niño y el perro de lo que ahora si estaban seguros era que la sombra de la muerte se había alejado de ellos. 

Fin

viernes, 13 de marzo de 2015

Cuatro regalos



Cuatro regalos
José Pedro Sergio Valdés Barón

Joselito salió corriendo de la escuela, esa vez no se iba a quedar a jugar con sus amiguitos como siempre lo hacía, estaba ansioso y preocupado porque Pita estaba próxima a parir, pero su madre no le había permitido faltar a clases. Ella le decía que una sola falta era un día más sumido en la ignorancia.
             Al llegar a su casa su madre lo recibió con una gran sonrisa en su rostro, y Joselito supo que ya había sucedido y al parecer todo había salido bien, su querida Pita ya era madre por primera vez. Después de besar a su mamá se abalanzó al cuarto de servicio, donde le habían acondicionado un lugar apropiado para que Pita tuviera sus cachorros, al ver al niño la perrita sólo movió la cola, como queriéndole participar del feliz acontecimiento y orgullosa le mostraba los cuatro cachorritos que en ese momento amamantaba. Pita era una híbrido de la raza Basset Hount, aunque había conservado las principales características de esa raza, como los ojos con expresión triste que dan mucha ternura, las grandes orejas que casi arrastraba por el suelo, el color blanco con manchas cafés y negras, el largo cuerpo con patas fuertes y cortas, pero sobre todo era cariñosa, leal y juguetona. Moviendo la cola, Pita le permitió a Joselito tomar entre sus manos los cachorritos uno por uno y pudiera constatar que eran muy parecidos a ella, tres eran machos y uno hembra.
            Obligado por su madre, quien le aseguró que Pita requería descansar y disfrutar de sus cachorros a solas, se sentó a comer con su mamá en la mesa de la cocina. Al mismo tiempo que ella servía, le preguntó a su hijo como no queriendo la cosa:
            — ¿Y qué piensas hacer con los perritos?
            — ¿Podemos quedárnoslos? —intentó probar suerte el niño.
            — ¡Claro que no! Apenas nos alcanza con lo que nos manda tu padre y quieres tener más bocas que alimentar —le aclaró su madre sin dejar lugar a dudas.
            —Entonces los venderé —propuso, Joselito, sonriendo.
            — ¿Y quién crees que te los va a comprar?, no son de raza pura y si alguien se interesa te va a ofrecer una bicoca.
            —Bueno… más vale algo que nada, o de plano mejor los regalo a quien los cuide con amor —dijo, Joselito, con la cara que ponía cuando le nacía una idea.
            —Me parece bien… así que más te vale ir viendo a quién se los regalas, porque tan pronto abran los ojos y empiecen a caminar no los voy a querer en la casa ¿Entendido?
            —Más claro ni el agua de la alcantarilla —bromeó, Joselito, preguntándose quiénes serían los afortunados; por lo pronto disfrutaría el verlos crecer un poco y ya decidiría qué hacer con ellos; tal vez hasta convenciera a su madre para quedarse con los cachorros, o al menos con uno.
            Los días se vinieron encima y su mamá no cedía ni un ápice, los perritos crecieron y en verdad estaban hermosos, pero a ella no se le ablandaba el corazón y cada vez lo presionaba más para que cumpliera su palabra y se deshiciera de ellos, Así que no le quedó otra opción más la de decidir en serio a quién se los iba a regalar, porque el venderlos estaba bastante difícil y ya no le quedaba mucho tiempo, además prefería entregarlos a quienes él pudiera asegurarse que los tratarían bien. Su mejor amigo Joaquín deseaba quedarse con uno, pero todavía le quedaban tres problemas por resolver. Poniéndose de acuerdo con Joaquín para que le ayudara a escoger los otros posibles dueños de las mascotas, una noche después de hacer la tarea se pusieron a elaborar una lista con los candidatos más factibles. Como era fin de semana les pidieron permiso a sus respectivos padres para que Joaquín se quedara a dormir en la casa de Joselito, como ya lo habían hecho muchas veces antes. Así no tuvieron ningún problema para quedarse hasta tarde seleccionando a los posibles ganadores. Sin embargo, ya era de madrugada y después que varias veces la madre de Joselito les había ordenado dormirse, cuando pudieron darse por satisfechos de haber encontrado los candidatos idóneos; pero como el hombre propone y Dios dispone la realidad fue otra.
Marisa
En la escuela se enteraron que los padres de Marisa se habían presentado a la junta de padres de familia, solicitando su ayuda para recolectar el dinero que necesitaban para completar la cantidad requerida para la cirugía de su hija. A Marisa le habían diagnosticado un tumor benigno en el ojo izquierdo que le estaba afectando la vista y si no era extirpado pronto corría el riesgo de perder el ojo. Los padres de la pequeña eran pobres y no tenían los recursos suficientes, y en las instituciones de salud gubernamentales era muy tardado el trámite y la programación para la operación. Ante tal situación decidieron no correr el riesgo esperando y pidieron ayuda a familiares, amigos, y como ya les faltaba muy poco dinero, desesperados optaron por pedir también la cooperación de la gente.
            Como ni Joaquín ni Joselito tenían dinero, se les ocurrió que sería buena idea regalarle uno de los cachorros a su compañerita para levantarle el ánimo y olvidara así el mal momento que estaba viviendo, y además pensaron que hasta podrían ganar algún dinero, si pedían un peso a cada alumno en la escuela, para la supuesta compra del perrito que le regalarían a la enferma. Al día siguiente, una vez pedido permiso a su maestra, se presentaron en cada salón de clases para pedir la cooperación de los alumnos en la recolecta. Al cabo de tres días habían juntado la fabulosa cantidad de cuarentaicinco pesos y estuvieron listos para visitar a la pequeña Marisa.
            Escogieron el cachorro más avispado y se presentaron en la casa de la niña, donde los recibió su mamá un tanto extrañada al ver a dos alumnos de la escuela de su hija con un perrito en las manos. Cuando Marisa vio al cachorro se le iluminó el rostro y al tomarlo entre sus brazos se enamoró de él, y no valió ningún pretexto de su madre para convencerla que en ese momento no podían tener una preocupación más, la mirada y un puchero de la niña obligó a la madre aceptar al nuevo miembro de la familia.
            Viendo la alegría de su amiguita en una situación tan difícil, conmovidos se miraron y sin mediar palabra también le entregaron los cuarentaicinco pesos que habían recolectado.
            Por el camino de regreso a sabiendas que todo saldría bien, Joaquín y Joselito se sentían felices y satisfechos; no sabían exactamente la razón, pero al ver el agradecimiento en la cara de su amiga no les importó haber dado un cachorrito y el dinero que habían juntado.
Enrique
Durante el recreo, Enrique se lamentaba con Joselito porque no podía quitarse de encima a su hermanito de cinco años; todo el tiempo quería estar con él, le pedía jugar con él, si salía con sus amigos le exigía que lo llevara también, no podía ni ver televisión porque allí estaba su hermano. En fin, era una molestia que para quitársela de encima le había prometido comprarle una mascota para que jugara con ella y él pudiera tener un poco de libertad. Por desgracia la mascota más barata como era una tortuguita costaba quince pesos, los cuales ni en sueños tenía.
            La oportunidad la pintan calva y Joselito, olvidándose de la lista una vez más, le ofreció a su amigo Enrique un cachorrito sin costo alguno; con ello podría quitarse por un tiempo la presión de su madre para deshacerse de los perritos. Con Enrique, al salir de la escuela Joselito se dirigió a su casa, y alegró a su madre con la noticia que habría un cachorro menos, después se fueron al cuarto de servicio para que Enrique escogiera al que le llevaría a su hermano Pablito. Como casi la mayoría de la gente lo hace, su amigo prefirió un macho, y además fue el que tenía una mancha café con forma de estrella en la frente. Pidiéndole disculpas a Pita y con el perrito en manos, se llevaron otro de sus cachorros sin que ella comprendiera lo que pasaba.
            Al otro día al encontrarse con Enrique, le preguntó cómo le había ido con su hermano, a lo cual éste le respondió enojado, porque ahora debía cargar con el perro también. Sin duda, pensó Joselito, las cosas no salen siempre como uno quiere.
Don Justino
Un día antes de entregar otro cachorro, Joselito escuchó conversar a su madre con una vecina, quien se lamentaba por haber perdido una joya familiar, al no poder pagar los elevados intereses que le cobraba don Justino, por un dinero prestado que ella le había pedido. Don Justino era un viejo con fama de tacaño y usurero, quien vivía en una casona que parecía abandonada por descuidada; sus dos hijos lo habían dejado huyendo de su amargura y mal genio, dejándolo solo como ermitaño a quien todo el mundo le rehuía. La gente sólo se acercaba a él, para sin otra opción solicitarle un préstamo a sabiendas de los desmedidos intereses que cobraba.
            Comentando con Joaquín lo que escuchó, Joselito le explicó su idea para deshacerse de otro cachorro. Con la intención de enseñar y demostrarle al viejo avaro don Justino lo que era la bondad y generosidad le regalarían la perrita que nadie quería, y para evitar que no la aceptara y los fuera a regañar, se la dejarían en la puerta de su casona en una caja envuelta para regalo, con una nota deseándole feliz Navidad. Poniendo manos a la obra, ésa misma tarde se presentaron en la vieja casona, y con gran sigilo se introdujeron por un agujero en la reja, para depositar la caja con la perrita en la puerta bajo el pórtico de la casa. Después de tocar el timbre que sonaba como campana, salieron corriendo despavoridos alejándose de la propiedad del viejo don Justino muertos de la risa.
            Años después al pasar por aquella casona de don Justino, quien había perdido la vida uno o dos días antes, el ahora joven Joselito avistó la perrita que parecía el clon de Pita, la cual había muerto años atrás, echada en el pórtico con la mirada más triste que de costumbre en esos perros esperando por el amo que no regresaría, y se le partió el corazón. Al reconocer a uno de los hijos del fallecido don Justino que se encontraba cerrando la casa, Joselito se atrevió solicitarle que le vendiera la perrita, después de explicarle que él había sido quien de manera anónima le había regalado el animal a su padre.
            Para sorpresa de Joselito, el hijo de don Justino se negó, haciéndole saber que ésa perrita tan triste, llamada Mony, había hecho feliz a su padre alegrándole sus últimos años, convirtiéndolo en un hombre bueno y bondadoso. Ahora Mony viviría con su familia y alegraría a sus propios hijos.
            Alejándose por la calle sintiendo que se le estrujaba el corazón, Joselito se sentía de maravilla por una travesura que había hecho hacía muchos años. Se dijo que la mayoría de las veces uno no puede predecir las consecuencias de sus actos, pero si estos son buenos seguramente terminarán bien.
Doña Josefina:
Ésa fría mañana previa a la Nochebuena, Joaquín y Joselito discutían sobre qué iban hacer con el último cachorrito, el cual había sido el más chico de la camada. Joaquín lo reclamaba como suyo de acuerdo a lo que habían convenido al inicio del trato de ayuda; sin embargo, Joselito no lo negaba, pero había surgido una circunstancia que no habían contemplado, y era que todo mundo en la cuadra comentaba la triste situación de la señora Josefina. Nadie en todo el vecindario podía asegurar que el matrimonio Pérez no estaba viviendo ahí cuando ellos se mudaron, parecían ser parte del paisaje urbano. La señora Josefina y su esposo don Ignacio no tenía hijos, pero siempre se les veía juntos y felices; con todo el mundo platicaban y con todos eran muy amables; siempre acomedidos se prestaban para colaborar en cualquier requerimiento que tuviera la colonia y a nadie negaban ayuda si les era posible. Así que no es de extrañar que fuera un matrimonio muy apreciado por la comunidad. Por desgracia hacía unos meses que don Ignacio había abandonado este mundo, dejando a su viuda sola y desconsolada; ella no tenía problemas de dinero porque su marido había sido heredero de una buena fortuna familiar, la cual él había cuidado con esmero y por eso casi nunca trabajaba. Sin embargo su ausencia era una pesada loza sobre la espalda que estaba doblando a la señora Josefina y ahora casi nunca se le veía, permanecía recluida en su casa y sólo salía para hacer algunas compras, y cuando lo hacía, la gente que se acercaba a ella podía ver en su semblante la tristeza inmensa que sufría, y a nadie podía ocultar su imagen que rápidamente se marchitaba.  
            La señora Josefina se quedaba muchas horas sentada en un sillón de la sala, contemplando imperturbable cómo se deslizaba un rayo de sol por la cansada alfombra de la habitación, y cuando este desaparecía, con la mirada triste recorría cada objeto que había en el lugar y que sin duda le recordaba algún momento feliz vivido con su marido. Cada vez pensaba más en que no podía seguir viviendo sin su esposo, su existencia se hacía día a día más amarga y se preguntaba cuándo Dios se apiadaría de ella y le permitiera reunirse con su amado.
            Se limpió los ojos humedecidos por el llanto cuando sonó el timbre de la entrada; apenas con ganas de levantarse del sillón se dirigió a la puerta, y al abrirla se sorprendió al ver a dos niños hermosos con un cachorrito en brazos. Los niños siempre le habían alegrado el corazón, y el ver en la entrada de su hogar a Joaquín y Joselito con la alegría reflejada en sus rostros no fue la excepción, por lo que sobreponiéndose a su pena les preguntó intentando una sonrisa:
            — ¿En qué puedo servirles?
            —Bueno… mi amigo y yo deseamos que en esta Navidad sea muy feliz y queremos hacerle este regalo —le explicó Joselito, al mismo tiempo que extendía sus brazos con el perrito en las manos.
            Doña Josefina no supo qué hacer o decir, pero después de un prolongado silencio, sin poder contener unas lágrimas sólo les dijo:
            — ¡Gracias!
            —También mi mamá nos dio permiso para invitarla a la cena de Nochebuena en mi casa, sólo estaremos la familia de Joaquín, mi mamá y yo.
            Tomando con mucho cuidado al perrito, la señora Josefina volvió a repetirles:
            — ¡Gracias!

            Esa Nochebuena fue inolvidable para todos, la señora Josefina ya no se sintió tan triste ni sola, y ahora tendría la compañía del cachorro que ya le había robado el corazón y bautizado: Nacho.                                      
FIN.