miércoles, 25 de noviembre de 2020

Algo más que nostalgia

 

Algo más que nostalgia

Amaneció como cualquier otro día, pero este era diferente, cumplía ochenta años de edad. Su hija Tania y sus dos nietos Jesús y Pedro lo despertaron cantándole las mañanitas y entregándole sus regalos, que a pesar de ser modestos los acompañaba todo el cariño del mundo, y uno de los cuales iluminó el rostro del abuelo por ser una camiseta del equipo de fútbol América, del cual era un empedernido fanático de toda la vida. Al abuelo no le agradaban mucho los festejos y menos si él era el agraciado, para él ese día era como cualquier otro día común y corriente, sobre todo desde que había fallecido la abuela ya hacía algunos años, haciendo que a partir de ese triste día casi todo perdiera importancia para el abuelo, exceptuando a su hija y a sus nietos que eran su adoración y los que todavía le alegraban la vida. Ese día antes de bañarse se rasuró y al presentarse en el comedor sorprendió a todos los presentes, sus nietos y su yerno nunca lo habían visto sin la barba blanca, que a pesar de traerla siempre corta la tenía tupida. Su hija aunque también fue sorprendida, ella si lo había visto con solo un bigote castaño claro, ya hacía muchos años.

            ­— ¡Papá!... ¿Qué te hiciste?— Preguntó su hija riendo.

    Nada, solo me rasuré la barba— Respondió el abuelo, sin darle importancia.

    Pues logró quitarse como veinte años— Secundó el yerno, al mismo tiempo que reían los nietos.

    Sí, ahora parece como de cien años— Bromeó uno de sus nietos.

    No les hagas caso papá, te ves muy bien— La hija selló las bromas, indicándole al abuelo que se sentara a desayunar— Hoy te llevaremos a comer a la fonda Santa Anita y en la noche partiremos tu pastel de cumpleaños— Le informó a su padre, al mismo tiempo que lo abrazaba cariñosamente.

El día transcurrió lleno de alegría, la comida en la fonda resultó deliciosa y hasta un trio le cantó las mañanitas al abuelo, quien lucía orgulloso su camiseta del América. Por la tarde descansaron viendo fotografías de la infancia y juventud del abuelo, las cuales la mayoría fueron tomadas durante el tiempo que radicó en el legendario Coyoacán. Al mirar una vieja fotografía donde se aprecia el Cine Centenario, la nevería La Siberia, el local de jugos Casa Téllez y la peluquería Licona, el abuelo se quedó contemplando la foto durante un prolongado memento, mientras su mente recordaba añejas anécdotas vividas en el centro del hermoso Coyoacán.

            Recordó la majestuosa Parroquia de San Juan Bautista, la que consideraba su casa espiritual, donde disfrutó de travesuras y vivencias inolvidables, como la vez que siendo monaguillo, al tocar las campanillas durante la consagración le mentaba la madre a su compañero que estaba en el otro extremo del altar, quien no tardó en responderle de la misma manera, sin que al perecer alguien más se diera cuenta de los mutuos insultos que los adolescentes se estaban propinando, y todo por haber discutido antes del inicio de la misa por la propiedad de un trompo. No pudo evitar recordar su estancia en el grupo de la ACJM (Asociación Cristiana de Jóvenes Mexicanos) que se reunía en el primer piso de un pequeño edificio adjunto, en la esquina al final de los arcos externos de la Parroquia. En ese lugar muchos jóvenes coyoacaneses se divertían sanamente con juegos de mesa, música y hasta con una mesa de billar. También formaron un grupo artístico para presentar obras de teatro y bailables folclóricos, en el pequeño teatro que estaba al fondo de los pasillos del interior de la Parroquia, al cual asistían a divertirse muchos feligreses de todas las clases sociales de Coyoacán. Durante unos ensayos para un bailable, cuando el abuelo en ese entonces solo tenía doce años, le tocó de pareja una bella jovencita llamada Lucero, quien se convirtió en el primer amor de su larga vida. Durante algún tiempo ella le correspondió y el abuelo disfrutó del primer beso y aprendió torpes escarceos sexuales con la adolescente; sin embargo a esa edad las relaciones no se toman muy en serio, y Lucero dio por terminado el noviazgo sin que el abuelo supiera el motivo, simplemente le dijo adiós sin ninguna explicación dejándolo sorprendido y triste por algún tiempo. Aunque el abuelo no tardó en recuperarse del desengaño, se sentía molesto cada vez que veía a Lucero comportándose como si nada hubiera pasado entre ellos, así que se fue alejando de la ACJM para no regresar nunca más.

            Sin duda le ayudó a superar esa etapa de su vida, una aventura que todo adolescente sueña que le suceda. Cuando iniciaba el segundo grado en la secundaria diurna 35 conoció a la maestra Victoria, quien impartía la materia de Geografía. Ella era una mujer muy guapa y sensual que traía locos a todos los estudiantes hombres y hasta alguna que otra jovencita. En el salón de clases se sentaba en la silla de un escritorio sin tapa frontal, que permitía contemplar sus torneadas piernas apenas cubiertas por sus vestidos que le llegaban ligeramente por arriba de las rodillas, lo cual aprovechaba el abuelo para disfrutar la vista sentado en la banca frente al escritorio, algo que se había ganado a pulso peleando a golpes con otros aspirantes al lugar estratégico. Lo sorpresivo fue que sin saber a ciencia cierta la razón, la maestra Victoria comenzó a mostrar cierta preferencia por el entonces joven abuelo e inclusive en algunos momentos era evidente que abría las piernas para que el abuelo pudiera echarse un instantáneo taco de ojo. Más tarde la maestra comenzó a pedirle al abuelo que se quedara después de clases, para ayudarla a corregir las tareas o a calificar exámenes, lo cual hacían en el escritorio juntando dos sillas y tan cercanas que permitían el roce de sus muslos. No fue extraño que ese trabajo continuaran haciéndolo por las tardes en el departamento de soltera-divorciada de la maestra Virginia, y fue así como a los trece años el abuelo se convirtió en un experto en las lides sexuales. Muy pronto el abuelo se convirtió en el estudiante más famoso de la secundaria y era admirado hasta por los alumnos de tercer grado, y por supuesto por muchas de las jovencitas que empezaron a coquetearle descaradamente al entonces adolescente abuelo. Por desgracia los rumores de las relaciones de la maestra Victoria con un alumno, no tardaron en llegar a la dirección de la secundaria siendo despedida de inmediato, aunque para su fortuna como un favor especial y para no desprestigiar a la escuela, no fue reportada a la comisión de padres de familia ni a la secretaría de educación pública. Por supuesto que al abuelo le dolió finalizar la relación con la hermosa maestra Virginia, sin embargo fue compensado con las oportunidades que se le presentaron con otras jóvenes y con la envidia de sus compañeros.

            Sonriendo recordó lo mucho que disfrutó en el cine Centenario, desde las películas de vaqueros de John Wayne, Charles Bronson y Alan Ladd o los maratones de Superman o Batman, hasta cuando de maldosos él y sus cuates llevaban cerbatanas de bambú que ellos mismos confeccionaban, para que desde uno de los palcos del cine lanzar chicharos secos o garbanzos a los concurrentes sentados en las bancas de la planta baja, y muertos de la risa disfrutaban oír los gritos y reclamos de sus víctimas. Volvió a paladear los ricos chocolates jamón Wongs y las pepitas que compraban antes de entrar al cine, y como gastaban casi todo su dinero en dulces, tenían que ingeniárselas para entrar al cine sin pagar. Elegían a uno de ellos para que depositara en la taquilla una entrada, con el pretexto de ingresar a la sala en busca de un supuesto amigo, pero lo que en realidad hacía quien entraba, era ir a cualquiera de los dos pasillos laterales del cine para quitar el seguro de una de las puertas de emergencia y regresar a la taquilla por el depósito, entrando en seguida con sus camaradas que esperaban afuera por la puerta de emergencia abierta, volviéndola a cerrar tras de sí.                

            Y cómo olvidar la vez que cansados de bailar en una fiesta, al caminar hacía su casa se les ocurrió al abuelo y un amigo descansar en una banca del parque frente a la Parroquia de San Juan Bautista, ya entrada la madrugada. Sin quererlo se quedaron dormidos y fueron despertados por dos policías, quienes con el pretexto de que estaban borrachos los llevaron detenidos a la delegación de Coyoacán, que en ese tiempo se encontraba cruzando el parque Hidalgo a un lado del Palacio Municipal. Como no había ningún juez a esa hora, fueron encerrados en una celda junto a un detenido por atropellar a una persona. La celda en realidad era donde los presidiarios se bañaban en unas regaderas con solo agua fría, sin que hubiera ninguna banca o silla para sentarse, así que el abuelo y el amigo tuvieron que imitar al otro detenido y sentarse en el suelo que estaba encharcado con el agua derramada por las goteras de las llaves y regaderas. Debieron de esperar hasta las diez de la mañana, en que afortunadamente por ser sábado se presentó un juez en el juzgado, quien después de escuchar el motivo por el cual los jóvenes habían sido detenidos, los regresó a la celda para esperar a que él hablara con los policías que los habían detenido, con la eventualidad de que si no lo hacía antes de las dos de la tarde tendrían que esperar hasta el lunes por su sentencia. Rogando a todos los santos para que los policías hablaran con el juez lo más pronto posible, se sentaron una vez más en la celda encharcada esforzándose para no llorar. Cuando se estaban conformando con pasar el fin de semana en ese espantoso lugar, mientras un presidiario desde alguna celda fuera de su vista los martirizaba cantando con voz aguardentosa Escaleras de la cárcel, un policía abrió la celda ordenándoles que lo siguieran. No fue el juez, sino un asistente quien les informó que quedaban en libertad entregándoles sus escasas pertenencias, aunque faltaban sus abrigos con los que se habían resguardado del frío de la madrugada, cuando los arrestaron los policías que ahora brillaban por su ausencia. Como en ese momento lo único que les importaba al abuelo y su amigo era salir de ese lugar, no hicieron ningún reclamo oficial y pusieron pies en polvorosa.

            La voz de su hija Tania lo volvió al presente, preguntándole un poco extrañada:

    ¡Papá! ¿Qué te pasa? Te quedaste como hipnotizado.

    Nada…es que esta foto me trajo muchos recuerdos, no solo del cine Centenario y la nevería la Siberia, sino que aquí se puede ver a mi amigo Licona recargado a la entrada de la peluquería hablando con alguien; la foto debe haberse tomado hace más de cincuenta años— Respondió el abuelo lleno de nostalgia.

Con la alegría de partir su pastel de cumpleaños, el abuelo dejó atrás el pasado y disfrutó la compañía de todos sus seres queridos desvelándose hasta las once de la noche, cuando cansado y muriéndose de sueño se despidió de todo mundo con un beso y se retiró a dormir a su recamara.

Cuando dieron las diez de la mañana del nuevo día y el abuelo no se presentaba a desayunar, su hija se comenzó a preocupar porque aunque se hubiera desvelado la noche anterior nunca se levantaba tan tarde. A las doce del día la hija ya no pudo esperar más y se presentó en la habitación de su padre, pero fue sorprendida al no encontrarlo en su cama ni en todo el cuarto, entonces pidió ayuda a sus hijos y todos comenzaron a buscar al abuelo en toda la casa sin ningún resultado. Así continuó la búsqueda por varios días, incluyendo a las autoridades que habían sido notificadas de la desaparición del abuelo. Nadie se podía explicar en dónde podría encontrarse el abuelo y asustada su hija comenzó a imaginarse lo peor. Para muchos el abuelo simplemente se había extraviado y no supo cómo regresar a su casa ni encontró quien le ayudara y a la fecha andaba de vagabundo; para otros lo más factible era que había sido secuestrado por equivocación, ya que la familia del abuelo no tenía recursos como para pagar un rescate y sin otra opción solo se deshicieron del anciano, y lo peor que pensaban algunos era que había sufrido un accidente fatal y al no ser reconocido por alguien ahora descansaba en una fosa común. Sin embargo, para Tania y sus hijos siempre persistiría la esperanza de que en cualquier momento se presentara el abuelo, después de haber disfrutado una más de sus aventuras. Por un tiempo lloraron Tania y sus hijos la ausencia del abuelo, hasta que con el transcurso de los días, semanas y meses debieron de aceptar que el abuelo no regresaría a su hogar, y la extraña incógnita de su desaparición solo sería revelada cuando Dios lo dispusiera; mientras tanto todos los domingos y días festivos la familia del abuelo asistía a la misa en la Parroquia de San Juan Bautista, en el Coyoacán amado por el abuelo.

Una tarde cuando Tania y sus hijos guardaban la ropa y cosas personales del abuelo, mientras sin poderlo evitar les recorrían unas lágrimas por las mejillas, Pedro encontró en una de las cajas las viejas fotografías que al abuelo le encantaba contemplar. De pronto al observar la foto en la cual se apreciaba el cine Centenario, la nevería La Siberia, la Casa Téllez y la peluquería Licona, Pedro sintió que se le encogía el estómago de la impresión y sin poderse contener espantado llamó la atención de su madre y hermano, mostrando la fotografía en sus manos al tiempo que les decía:

            — ¡Miren! observen la foto con mucho cuidado, y díganme lo que ven.

Tomando la fotografía, Tania y Jesús la comenzaron a mirar minuciosamente y ella no tardó en exclamar asombrada:

    ¡No puede ser, es imposible!

    ¡Mamá! Es el abuelo— Exclamó incrédulo Jesús.

En la fotografía en blanco y negro un tanto borrosa se apreciaba el frente del cine Centenario, los locales abiertos de la nevería La Siberia y la Casa Téllez, pero en la entrada de la peluquería Licona, apenas se distinguía al amigo del abuelo recargado en la entrada platicando nada menos y nada más que con el mismísimo abuelo, quien se apreciaba claramente vistiendo la inconfundible camiseta del América a todo color que le habían regalado en su cumpleaños.

Entonces Tania supo con claridad y sin duda alguna que su padre había logrado de alguna manera increíble regresar al pasado, donde había sido tan feliz viviendo en su añorado Coyoacán.  

Fin

José Pedro Sergio Valdés Barón 

 

 

 

                    

 

        


sábado, 18 de enero de 2020

Un alma alegre



Un alma alegre
No sé cuándo la vi por primera vez, pero la fui haciendo consciente porque me la encontraba cada vez que iba a la tienda cercana a mi casa una o dos veces al día. Ella trabajaba o ayudaba algún familiar en un pequeño local de fruta y jugos que se encontraba de camino a la tienda, en donde también me topaba con ella algunas veces comprando dulces o comida chatarra o simplemente platicando con una de las dueñas del lugar. Me llamó la atención, no tanto por su rostro afectado gravemente por el labio leporino, sino porque siempre la veía sonriente y alegre sin ningún complejo, y toda la gente que estaba con ella se comportaba como si no tuviera ningún defecto. Sin proponérmelo comencé a observarla con discreción y paulatinamente la fui admirando más cada vez que la veía hasta que tocó mi corazón.
Al principio pensé que no era posible que nada se pudiese hacer, sin embargo conforme más lo meditaba decidí que merecía que alguien la ayudara de alguna forma y, a pesar que yo no tenía recursos económicos, me empeñé en intentar ayudarla. Cuando tuve una vaga idea de lo que podría hacer me di cuenta que necesitaba información, así que me propuse buscarla a donde fuera. Mi primer paso fue ir a la sucursal del Banco donde tenía una modesta cuenta con un saldo de $ 517.54 pesos, para preguntar a la ejecutiva de atención a clientes: ¿Cómo podría abrir una cuenta para recibir donativos que sirvieran para ayudar a una persona y que fuera a prueba de mal uso? La ejecutiva me propuso un fideicomiso a nombre del beneficiario, del cual solo se podría sacar dinero con la solicitud del beneficiario, la aprobación del tutor y la autorización del banco, de acuerdo a un presupuesto previo para el que se destinaría el dinero.
A continuación busqué un cirujano plástico con buena reputación, quien resultó ser la mejor opción que pude haber hecho cuando lo encontré. Después de escuchar mi propósito no solo se interesó, sino que se ofreció hacer la cirugía sin cobrar honorarios, y además intentaría convencer al anestesiólogo y a las enfermeras para que hicieran lo mismo, de esa manera solo se tendrían que liquidar los costos hospitalarios necesarios que se requirieran, como quirófano, medicamentos y cama de recuperación. Sin embargo, antes de todo el cirujano tendría que ver a la paciente, para determinar el diagnóstico y elaborar el presupuesto de la intervención quirúrgica. Ahora solo me faltaba llevar a cabo la parte más difícil e importante para mí, contactar a la familia y a la niña. Un día que no se veía a la niña por algún lado, me armé de valor y hablé con la encargada del local de frutas, quien una vez que le aclaré la razón de conversar con ella se comportó muy amable y me relató la historia de la niña cuyo nombre era Lucero.
Cuando Luchis, como llamaban a la niña, tenía unos cuatro años de edad, la señora Amanda le prometió a su mejor amiga que se encontraba en el lecho de muerte por una grave infección, que vería por la niña como si fuera su propia hija, lo cual así lo hizo cuando murió la madre de Lucero. Desde entonces la niña se convirtió en una parte muy importante de su vida, y al no tener hijos la niña llenó su corazón y no solo la amaba sino que la admiraba por su carácter siempre alegre y feliz a pesar de la malformación de su rostro, pero que con su eterna sonrisa lo hacía pasar desapercibido a toda la gente que la conocía. Sin embargo, hubo tiempos muy difíciles que debieron superar, como cuando entró al kínder y los niños se burlaban de Lucero, lo cual continuó en la primaria hasta que Amanda decidió sacarla de la escuela y se propuso enseñarle ella misma lo básico, como sumar, restar, leer y escribir. Por fortuna Luchis resultó ser una niña muy inteligente y no se conformó con lo que le enseñaba su Má, como la niña llamaba a la señora Amanda, sino que se interesó en leer cualquier libro que estuviera al alcance de sus manos, ampliándose su portal al conocimiento cuando una madre admiradora de Lucero, le regaló la computadora vieja de su hija al comprarle una nueva laptop en su cumpleaños. Para Lucero fue como si se le hubiera abierto un mundo nuevo lleno de todo lo imaginable, el cual absorbía como una esponja ávida de información. No obstante era tan responsable que nunca dejaba de ayudar a su Má en el negocio de frutas. A pesar que la señora Amanda era feliz con su hija ahora de 14 años, le dolía no poder hacer nada para mejorar el aspecto de Luchis, por esa razón le alegró mi propósito y estuvo de acuerdo en, junto conmigo, explicarle a Lucero cual era nuestra propuesta.
El hogar de la señora Amanda y Lucero era bastante modesto, pero admirablemente limpio y ordenado, acudí al lugar como invitado para hablar con Luchis, quien nos escuchó con mucha atención y sin preguntar nada. Al terminar de explicarle nuestro propósito, con su eterna alegría nos respondió que no deseaba hacer nada al respecto, ella era feliz tal como era y no quería cambiar nada. Amaba a su madre, disfrutaba su trabajo de ayudarla en la frutería y le encantaba el mundo virtual que le proporcionaba su viejita computadora, quizá lo único que querría era una laptop nueva para mejorar ese mundo. En cuanto a su defecto congénito estaba conforme con ello, no le importaba ni deseaba cambiarlo; según ella, Dios así la había mandado al mundo y así esperaba irse cuando él la llamara. Nos agradeció nuestra intención de ayudarla, sin embargo no era necesaria, solo nos pidió que la siguiéramos amando tal y como era.
No me fue muy difícil lograr un donativo para comprarle una nueva laptop con programas  y aplicaciones avanzadas, en cambio me fue difícil entender la manera de pensar de Lucero, no obstante después de meditarlo un rato entendí que, para empezar, quizá mi intención de ayudarla no fue meramente caritativa, sino más bien fue una ostentación que para bien o para mal se derrumbó a su mínima expresión, aunque por fortuna me enseñó que uno debe de  aceptar y disfrutar lo que se tiene, en lugar de frústranos por lo que no tenemos, sin dejar de luchar por ser mejores cada día, tal y como lo hacía la hermosa niña Lucero.   


lunes, 16 de diciembre de 2019

Un año más



Un año más
Primero de diciembre, día de su cumpleaños y el inicio de la peor época del año para Antonio, todo le hacía recordar a su amada Beatriz y sin poderlo evitar se deprimía. Aunque en el resto del año nunca la olvidaba los días eran más llevaderos, su trabajo lo absorbía y el apoyo de su familia lo reconfortaba, y así habían transcurrido cinco años de su partida. Como lo hacía con frecuencia ese día iría a la cripta El rincón de las ánimas en el templo de San Juan, no obstante que como ya era su costumbre también lo haría el veinticuatro de diciembre, cuando se cumplía un año más del fatídico día en que sucedió la tragedia que ensombreció para siempre su felicidad.
Sin ganas entró a las oficinas de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, donde trabajaba como contador desde hacía catorce años. En ese aeropuerto conoció a quien se convirtió en su esposa, matrimonio que duró siete años de felicidad a pesar de no haber podido tener hijos.
Como siempre sucedía, pronto se sumió en los números que le permitían sobrevivir su pena, y casi sin darse cuenta ese día llegaba a su fin; al salir del trabajo, en su automóvil se dirigió al templo cercano a su casa, a un lado del parque de la colonia donde el destino le jugó la peor pasada de su existencia. El templo de San Juan se encontraba casi vacío a esa hora de la tarde, sin embargo se apreciaba espectacular con los adornos navideños y el pesebre con bellas figuras de cerámica representando al niño Dios, a María y Jesús, ángeles, querubines y animales. Una vez colocada una rosa en la cripta de su amada, hincado en un reclinatorio frente al altar con el Espíritu Santo al centro, el Jesucristo a la derecha y la Virgen de Guadalupe a la izquierda, Antonio les agradeció el haberle concedido un año más de vida, a pesar de que su corazón seguía roto y no encontraba consuelo entendía que la vida era un don divino, que por desgracia le fue arrebatado a su amada. Sintiendo un nudo en la garganta salió del templo por la puerta que comunicaba al parque, y caminando con lentitud llegó a una de las bancas colocadas frente al quiosco, al cual convergían todos los caminos que rodeaban pequeños jardines ahora adornados con motivos navideños y luces multicolores, sentándose en ella exhalando un suspiro. Por un largo momento contempló a los niños que felices jugaban por todas partes, y con enojo se volvió a preguntar ¿Cómo había sido posible que en medio de tanta alegría, en esa misma banca un demonio asesino pudo arrebatarle la vida a su amada sin que nadie hiciera algo para impedirlo? Sin poderlo evitar su mente regresó a aquel fatídico día, cuando una vecina tocó frenéticamente la puerta de su casa para avisarle que su esposa había sido encontrada muerta en el parque a un lado del templo. Al llegar al lugar, la policía tenía aislada la escena del crimen y no le permitieron entrar a ver a su esposa hasta que se identificó. Antonio jamás olvidaría ver a su amada reclinada en la banca con el pecho manchado con su propia sangre. El agente del ministerio público que levantaba el acta del crimen suponía que un ladrón al intentar arrebatarle el celular a la víctima, quien sentada en la banca hablaba con alguien, ella se resistió hasta que el criminal le asestó una puñalada en el pecho llevándose el celular. Al parecer algunas personas al escuchar los gritos de la mujer, vieron a un jovenzuelo mal vestido alejarse corriendo del lugar. Inmediatamente después del crimen la policía creyó que podría dar con el asesino por medio del GPS que seguía encendido, por desgracia pronto se apagó.
Después de cinco años, la policía no tenía la más mínima pista para dar con el asesino y la investigación fue a dar a un grueso cúmulo de expedientes de crímenes sin resolver. Tratando de borrar ese recuerdo, Antonio pensó en el día en que conoció a Beatriz en la cafetería del aeropuerto; esa mañana se le hizo tarde y bajo a desayunar algo en el restorán que a esa hora estaba abarrotado, y él tuvo la suerte de encontrar desocupada una mesa para dos personas en un extremo de la cafetería. De pronto una joven llevando en sus manos una charola con su desayuno se paró frente a él, preguntándole si no le molestaba que se sentara en el lugar vacío. Sorprendido por la belleza de la joven, Antonio tardó un momento en responderle, para en seguida indicarle con gusto que lo hiciera. Pronto entablaron una conversación intrascendente, en la cual ella le informó que laboraba en el mostrador de Aeroméxico y que con frecuencia desayunaba y comía en ese lugar, en tanto Antonio le aclaró que trabajaba en las oficinas de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, y que también él frecuentaba la cafetería. A partir de esa ocasión prácticamente todos los días coincidían en el almuerzo o la comida, y no tardaron en entablar una bonita amistad. Sin proponérselo comenzaron a salir juntos con cualquier pretexto y una noche al dejarla en su casa después de salir del cine, ella rompió con la timidez de Antonio y se atrevió a besarlo en los labios con ternura. Antonio nunca hubiera intentado subir de nivel por miedo a terminar con la amistad que disfrutaba con ella, pero en ese momento despertó y le correspondió con todo el corazón. Tres meses más tarde se casaron por lo civil y por la iglesia, la ceremonia en el templo de nuestra señora de Guadalupe fue memorable, siendo bendecida por el sacerdote de la familia de ella y complementada con la asistencia y felicidad de familiares y amigos. El festejo fue en grande en un salón de fiestas de moda durando hasta el amanecer del otro día, cuando en el aeropuerto los novios fueron despedidos por sus familias y abordaron el avión que los llevó a la ciudad de los Ángeles, donde pasaron su primera noche de luna de miel. Al siguiente día abordaron el avión que los llevó a la paradisiaca isla de Hawái, lugar en el cual disfrutaron toda una semana de las maravillas de la isla, y que agradecieron en gran medida a la ayuda prestada por sus respectivos trabajos en el Aeropuerto de la ciudad de México.
De regreso al país vivieron un tiempo en el departamento de él, hasta que les autorizaron un crédito del INFONAVIT, para comprar una bonita casa cercana al templo de San Juan y al agradable parque de la colonia, ideal para un matrimonio de recién casados, lugar en el cual disfrutaron de una felicidad casi completa, debido que a pesar de todos sus esfuerzos no lograron ser bendecidos por el nacimiento de un hijo; sin embargo, estaban en los trámites de adopción de una hermosa bebita, cuando por desgracia aconteció la tragedia.
Lo regresó a la realidad el repiqueteo de un teléfono muy cerca de él, fue hasta entonces que se percató que casi se había sentado sobre un celular olvidado en la banca. Tomándolo con cierto repudio respondió la llamada, contestándole una voz femenina que le ofreció una recompensa por entregarle el celular que había extraviado en algún lugar del parque de la colonia. Puestos de acuerdo, quedaron de verse en una cafetería Starbucks para hacer la entrega del celular a su dueña. Como sucede en el mes de diciembre, todos los lugares estaban repletos de gente rebosando alegría, comprando regalos o disfrutando las fiestas navideñas en bares y restoranes, y Starbucks no fue la excepción. Por un momento, Antonio dudó poder encontrar entre tantos comensales a la dueña del celular; sin embargo, no tardó en distinguir a una joven sobresaliendo entre toda la gente, como un faro en medio de una intensa neblina.
De alguna manera supo que esa bella joven era la dueña del celular, y no se equivocó cuando se presentó ante ella. Una vez identificados, Antonio escuchó por primera vez el nombre de la joven: Miriam. La entrega del celular fue el principio, sin proponérselo ambos congeniaron y con amena plática el tiempo se les pasó volando, coincidiendo con tristeza en que el motivo por el cual se conocieron era extraño: Miriam había asistido a la boda de una amiga celebrada en el templo de San Juan, y al sonar su teléfono móvil salió al parque para responder, sentándose en la banca para dar instrucciones a una amiga que no daba con el templo; suponía que al levantarse de la banca se le cayó el celular de su bolso, poco antes de que Antonio se sentara en el mismo lugar donde había sido asesinada su esposa por robarle el celular, permaneciendo sentado hasta el momento en que el celular sonó para que él respondiera, y de alguna manera la extraña coincidencia también sucedía en diciembre, el mismo mes en que aconteció la tragedia hacía cinco años. Como fuera la joven Miriam intentó animarlo en esas fechas, invitándolo a la posada que celebraría en su casa y no aceptando ningún pretexto para no ir, convenciéndolo de que era la única forma de recompensarlo por regresarle su celular, ya que él no había aceptado ningún reconocimiento monetario. En la posada Antonio pudo olvidar por un momento su pena, y conociendo a su esposa fallecida, estaba seguro que de alguna manera ella había logrado el encuentro con la bella joven para que él pudiera rehacer su vida. Miriam resultó una excelente anfitriona que lo hizo divertirse como hacía mucho tiempo no lo hacía, aceptando con gusto cuando lo invitó a festejar la cena navideña en su casa. La joven no solo era realmente hermosa, sino también era inteligente, graciosa y alegre, así que se disculpó con sus familiares por no poder disfrutar con ellos la Nochebuena de ese año, pero había aceptado la invitación de una nueva amiga que recién había conocido, lo cual alegró a su familia porque deseaban que Antonio encontrara el camino para proseguir con su vida, aunque ahora se había despertado la curiosidad en sus corazones y la ansiedad para conocer a la nueva amiga.
Esa cena de Navidad fue inolvidable para Miriam y Antonio, la familia de ella resultó encantadora y lo recibieron como si fuera uno más de ellos, sin importarles a los padres que él fuera mayor que su amada Miriam. Al repartir los regalos a las doce de la noche, Antonio se felicitó por haber llevado unos discretos obsequios cuando él recibió el de Miriam. Sin desear abusar de la amabilidad de la familia, Antonio se despidió poco después agradeciendo a todos los presentes su hospitalidad, y acompañado de la hermosa joven salió al portal de la casa adornado con un bonito pesebre, en medio de un jardín con motivos navideños e iluminado con luces multicolores. Al despedirse, ella miró hacia el marco de la puerta donde colgaba el muérdago que acostumbraba la familia, y respetando la leyenda, Miriam rompió con la timidez de Antonio y se atrevió a besarlo en los labios con ternura.

José Pedro Sergio Valdés Barón

lunes, 26 de agosto de 2019


El embrión
José Pedro Sergio Valdés Barón
Se miró en el espejo una vez más y lo que vio le agradó, aunque su rostro no era muy agraciado era bastante atractivo y como sin duda el costoso maquillaje de su amiga hacía milagros no fue sorpresa que la convirtiera en toda una belleza, lo cual se complementaba con su cuerpo bien formado por el ejercicio diario en el GYM, por lo que esperaba tener bastante éxito entre los hombres en el antro Chic´s, donde iría a divertirse con sus amigas de la universidad.
            Por fin las cuatro jóvenes estuvieron listas y en el auto de una de ellas se dirigieron al Chic´s, donde esperaban pasar una alegre velada bailando y bebiendo con algunos compañeros de la Facultad de Derecho. A Emily la entusiasmaba el que iba poder estar cerca de Marco, a ella le atraía y él parecía corresponderle. « ¿Quién sabe? —Pensó— tal vez hasta podría darse una bonita relación entre ellos». No obstante ser apenas las diez de la noche, el lugar se encontraba lleno de jóvenes como ellas en busca de diversión. En la penumbra adornada con láseres multicolores, en medio de un ambiente denso de humo y malos olores, resonaba la estridente música de moda que hacía bailar a una multitud desenfrenada. Las cuatro jóvenes se acomodaron con dificultad a un lado de la barra del local, y de inmediato se proveyeron de unas refrescantes cervezas al mismo tiempo que sus ojos se esforzaban por encontrar a sus compañeros de estudios.
            Marco López era un joven apuesto muy popular en la facultad, las jovencitas se le insinuaban constantemente y tenía fama de ser mujeriego, sin embargo él sentía una atracción especial por Emily de la Rosa, a pesar de que no era la más bella de las mujeres con las que podía andar. Desde la mesa junto al barandal del piso superior del antro, Marco pudo distinguir a las cuatro jóvenes cuando ingresaron al lugar y se alegró al reconocer a la distancia y en medio del hervidero de gente a la compañera que le interesaba. Bajando la escalera se dirigió hacia las jóvenes, abriéndose paso entre el gentío bailando en la insuficiente pista de baile, hasta que de pronto y al mismo tiempo se cruzaron las miradas de Emily y Marco, quienes sin disimular el gusto que les daba verse se abrazaron afectuosamente. Después de saludarse, Marco guío a las cuatro amigas hasta la mesa en donde se encontraba el grupo de la Facultad de Derecho. Al igual que varias parejas, Emily y Marco no perdieron tiempo ni se molestaron en bajar a la pista de baile, poniéndose a bailar de inmediato entre las mesitas del segundo nivel del antro. El tiempo transcurrió más rápido que un suspiro y las amigas de Emily debieron decidir que era hora de regresar a la casa de una de ellas, donde supuestamente pasarían una noche entre amigas, sin embargo Emily se negó pretextando que Marco se había ofrecido a llevarla más tarde. Puestas de acuerdo las amigas se despidieron dejando a Emily en el Chic´s con Marco; sin embargo no pasó mucho tiempo para que Emily y Marco se despidieran del grupo que todavía permanecía en el lugar, aunque al salir se toparon con un chubasco que el ruido de la música dentro del local no les dejó escuchar. Sin importarles mojarse, como niños muertos de la risa corrieron hasta el auto de Marco, pero no pudieron evitar llegar totalmente empapados. Sin proponérselo ambos se quitaron la ropa mojada, quedándose con el brasier y la minifalda Emily y Marco con los pantalones,
              El aguacero parecía no menguar y era tan intenso que no se podía ver a más de cinco metros de distancia, empañando rápidamente los vidrios del auto de Marco con el calor interior producido por los cuerpos húmedos de los jóvenes semidesnudos. Después de un momento, paulatinamente la risa por su jocosa situación fue disminuyendo conforme sus miradas se entrelazaran en un deseo incontenible, al mismo tiempo que sus rostros se acercaban permitiendo por vez primera tocarse sus labios con ternura, haciendo inevitable que se encendiera la llama de la pasión. Marco fue gentil al percatarse que ella era virgen y Emily se entregó a él sin condición, fundiéndose ambos como un solo ser en un mundo que pareció detenerse.
Emily sentía que su sueño se había hecho realidad convirtiéndose en la novia de Marco, haciendo que de pronto su popularidad en la Facultad de Derecho se incrementara, sus amigas la admiraran y algunas hasta la envidiaran, y los chicos no perdieran oportunidad para insinuársele. Marco era muy dulce con ella y durante el sexo la transportaba al éxtasis del amor. Por desgracia el paraíso de Emily no duró ni una semana, Marco comenzó a eludirla, no respondía a sus llamadas y hasta la dejó plantada en dos ocasiones. Como siempre sucede en estos casos, las acomedidas amigas no tardaron en informar a Emily que habían visto a Marco con otra mujer. A Emily se le vino el mundo encima y durante días se encerró en su cuarto sin dejar de llorar; no podía creer que Marco le hiciera eso a ella después de haberle jurado que era el amor de su vida. Para el colmo estaba angustiada porque no le había bajado su regla y ella era muy puntual, solo le variaba por dos o tres días máximo y ya llevaba semana y media sin bajarle el periodo. Sintió morirse cuando la segunda prueba de embarazo salió positiva; ya no había duda, estaba embarazada y Marco se había vuelto ojo de hormiga.
Decidida para encontrar a su amado, se propuso buscarlo en todos los lugares que sabía que él frecuentaba. El primer día no tuvo suerte, fue al segundo día que lo encontró con la líder de las porristas del equipo de fútbol americano, amorosamente abrazados en el asiento de una mesa de la cafetería cercana a la rectoría. Sintiendo que el corazón se le paralizaba de dolor, se acercó a la acaramelada pareja parándose frente a Marco y con voz entrecortada le espetó sin dejar lugar a dudas:
    Necesitamos hablar
    ¡Emily! ¿Qué haces aquí? —Marco se puso de pie sorprendido y sin saber qué hacer.
    Como no respondes mis llamadas, vine a buscarte ¡Necesitamos hablar! —Ella le repitió sin dejar de mirar sus ojos.
    ¡Claro! te prometo que voy a verte a tu casa esta tarde —Marco intentó evadirla.
    ¡No! Tiene que ser ahora o ¿prefieres que sea aquí mismo? —Emily habló con tal firmeza que le dejó claro a Marco que no aceptaría un no por respuesta.
    Está bien, permíteme un momento y ahora te sigo —Diciéndole algo a la bella joven que veía la escena sin entender lo que pasaba, tomó del brazo a Emily y salieron de la cafetería encaminándose al parque cercano sin decir una sola palabra.
Sentándose en una banca, sin ningún preámbulo Emily le entregó a Marco la segunda prueba de embarazo, preguntándole:
    ¿Qué vas hacer al respecto?
    ¿Qué es esto, de qué me estás hablando? —Marco replicó completamente confundido y empezando a temer lo peor.
    ¡Nada, solo que vas a ser padre! —Ella le aclaró, con lágrimas en los ojos.
    ¡No es posible!...—Después de un momento se atrevió a preguntar — ¿Cómo sé que es mío? —Él intentó huir de su responsabilidad.
    ¡Eres un imbécil! —Furiosa, Emily le dijo, al mismo tiempo que le volteó una cachetada con toda la fuerza de que era capaz.
    Perdona, pero es que no puedo creerlo, me tomaste por sorpresa —Él se disculpó avergonzado — ¿Qué quieres hacer?
    ¡No sé! Tú dímelo.
    ¡Entiende, Emily!...No podemos casarnos ni rejuntarnos, no tenemos dinero y debo terminar mi carrera —Marco se adelantó a lo que pensó que vendría.
    Entonces ¿Qué opciones nos quedan?
    ¡No lo sé! Vivir en la casa de mis padres o de los tuyos con un niño en brazos no creo que sea una buena idea, y uno de los dos tendría que dejar su carrera para cuidar al niño y el otro también para poder trabajar y sobrevivir. No creo que nuestros padres puedan o quieran ayudarnos mucho y nosotros habremos echado a la mierda nuestras vidas.
Sin poder contener el llanto, Emily pudo murmurar:
    ¡Dios mío! ¿Qué vamos hacer?
    Me temo que solo nos queda una opción….El aborto —Sugirió Marco, con precaución. 
    ¡Eso es horrible!
    ¡Piénsalo bien, Emily! Eso resolvería el problema y podríamos continuar con nuestras vidas como siempre.
    ¿Cómo siempre? ¿Matar a nuestro hijo no significaría nada? Y qué tal si yo muero en el proceso de abortar. Para ti es algo muy fácil, no tienes que sufrir nada.
    Lo sé, pero te juro que estaría contigo todo el tiempo apoyándote y te ayudaría lo más que pudiera con el dinero —Se comprometió, Marco —Además tengo un amigo que conoce a una partera muy buena y que no cobra mucho.
    ¡No sé!....Voy a pensarlo y ya te avisaré lo que decida —Concluyó, Emily, poniéndose de pie.
Antes de tomar una decisión, Emily quiso hablar con su compañera de cuarto, Ana. Ella era mayor, tenía mucha experiencia y parecía una mujer muy centrada y confiable. Esa misma noche coincidieron en el departamento que compartían y Ana deseo saber qué había acordado Emily con Marco, a lo cual ella le respondió:
    Quiere que aborte…Está dispuesto ayudarme con dinero y a ponerme en las manos de una partera.
    ¿Y tú qué piensas? —Preguntó, Ana, mirando fijamente a su amiga.
    ¡No lo sé! Voy a pensarlo —Emily respondió eludiendo los ojos de Ana.
    ¿En serio, vas a pensarlo? —Dijo incrédula, Ana.
    ¡Claro! Es una decisión importante que podría afectar toda mi vida.
    ¿Quieres decir que estás considerando abortar?
    ¡Por supuesto! Creo que de esa manera no se verían tan afectadas nuestras vidas. Es solo que tengo miedo de hacerlo, sin duda podría ser muy peligroso y doloroso —Fue la respuesta de Emily, eludiendo la mirada de su amiga.
    ¿Y qué me dices de tu hijo que ya llevas en la panza? —Le inquirió Ana, un tanto molesta.
    ¡Es solo un embrión! —Se justificó Emily, evasiva.
    ¡Es un nuevo ser con vida propia!
    No es lo que asegura Anastasia, la líder feminista de la facultad de derecho, y por ello está luchando para la legalización del aborto y la igualdad de género —Argumentó, Emily.
    Para comenzar la igualdad de género y la legalización del aborto son dos cosas totalmente diferentes. Me parece que el exigir que las mujeres tengamos los mismos derechos que el hombre en todos los ámbitos sin restricciones es, sin duda, correcto y necesario. Sin embargo el pedir que el asesinato de una inocente e indefensa vida sea legal es una aberración inhumana.
    No estoy de acuerdo, el exigir que se respete el derecho que la mujer tiene sobre su propio cuerpo me parece justo, en tanto la ley impuesta por hombres que impide este derecho no debe existir en pleno siglo XXI, especialmente en los países machistas.  
    ¿Y qué me dices del derecho que tiene tu hijo de nacer?
    ¡Te repito, todavía ni siquiera es un feto! A estas alturas no tiene desarrollado un sistema nervioso ni órganos definidos, es apenas un embrión —Argumentó, Emily, intentando más de convénserse a sí misma que a Ana.
    Es posible que así sea, pero la interrupción de un embarazo es mucho más complicado que el simple proceso de abortar. Existen muchos factores que deben de tomarse en cuenta, como: el religioso, social, económico, patológico y físico, entre otros, y todos tienen detractores y promotores que argumentan conceptos lógicos y validos; sin embargo, exceptuando algunas situaciones donde la interrupción del embarazo es necesario y está plenamente justificado, como en el caso de una violación, o en el de una malformación importante del feto que ponga la vida de la madre en riesgo o su felicidad posterior, en la mayoría de las situaciones el embarazo pudo ser evitado; por fortuna en la actualidad existen muchos medios para evitar un embarazo no deseado o que pudiera atentar contra la filosofía de cualesquiera de los factores señalados, tal y como es tu caso. Tú, a pesar de no ser una persona ignorante, tuviste relaciones sexuales por placer sin importarte las consecuencias, fuiste estúpidamente irresponsable, descuidada y apática, y ahora estás pensando en abortar para no afrontar tu responsabilidad y la de Marco, sin importarles lo más mínimo el derecho a la vida que tiene su hijo que llevas en el vientre y que no fue su culpa el haber sido procreado. En cuanto a Marco no es de extrañar, es un tipo narcisista que aprovecha su físico para utilizar a las mujeres y después votarlas cuando se aburre de ellas, como lo ha hecho contigo.
    Tienes razón…pero ¿qué puedo hacer? un niño echaría al traste mi vida, todos mis planes, todo lo que quiero hacer —Emily se lamentó casi en un susurro y a punto de volver a llorar.
    Te sientes así porque estás pensando negativamente, por el contrario si piensas que tu hijo por nacer es el resultado del amor que sentiste por Marco, sin duda lo amaras y será tu nueva razón para lograr todo lo que te haz propuesto; será la motivación para alcanzar la huidiza felicidad, sin nada de qué arrepentirte, ni la amargura de haber asesinado a tu propio hijo.   
    Tal vez sea así, pero no sé si pueda hacerlo —Emily no pudo ocultar sus dudas.
    No te preocupes, sé que lo harás y cuenta con mi ayuda. Además estoy segura de que tus padres te apoyarán, es posible que al principio estén molestos contigo, pero no tardarán en volverse locos con tu hijo —Le aseguro su amiga Ana.
Finalmente, Emily no tuvo el valor de enfrentar su responsabilidad y su culpa, y de manera egoísta decidió abortar poniéndose en las manos de la partera con la ayuda de Marco; sin embargo como siempre sucede cuando se toman malas decisiones, Emily estuvo a punto de morir durante el proceso y tuvo que ser internada de emergencia en el hospital Ángeles. Ahora Emily ya puede disfrutar del sexo sin ningún riesgo de quedar nuevamente embarazada, para salvar su vida los médicos debieron extirparle la matriz, y aunque quisiera jamás podrá concebir un hijo propio, ni nunca sabrá lo que es la bendición de ser madre.
Fin
     


sábado, 13 de julio de 2019

Al final


Al final
José Pedro Sergio Valdés Barón

Estaba por completo confundido, la joven tomándome del brazo me parecía conocida a pesar de mí vista borrosa, y su dulce voz que apenas podía escuchar me tranquilizaba. Por más que intentaba recordar no sabía dónde estaba, sin embargo me sentía seguro con la joven llevándome hacia algún lado.
El sol brillaba intensamente en el firmamento a esa hora del día, no obstante yo sentía frio mientras caminaba con lentitud siguiendo a la joven, sin importar que mis piernas y mi espalda encorvada me dolieran un poco a cada paso que daba, pero eso no era lo que me preocupaba, sino el no poder recordar nada de lo que había hecho esa mañana, lagunas que eran más frecuentes cada día. Lo último que recordaba era que había salido de mi casa acompañado por alguien, pero a partir de ahí todo se volvía borroso. Mirando a la joven de pronto me sentí angustiado, caí en cuenta que no me importaba verme en el espejo con la cara arrugada, con la barba y mi poco pelo totalmente cano, sino me dolía que en mi mente se comenzara a esfumar mi vida, que mi pasado y el presente se confundieran y muchas veces no distinguiera lo real con lo que creaba mi imaginación.
Volví a mirar a la joven y su rostro se me hizo familiar, de alguna manera sentí que la amaba y ella me correspondía, sin duda existía un fuerte lazo entre los dos, por lo cual no me explicaba por qué no la podía recordar. Me deje llevar por ella sin ningún temor, me subió a su auto y me llevó por las calles de mi ciudad que tanto amaba. Casi sin darme cuenta reconocí la fachada de mi casa cuando llegamos al frente, y me pareció que la joven había sido muy gentil al llevarme hasta mi hogar, por ello no podía dejar de darle las gracias, fue entonces cuando ella me abrazó y riendo me dijo: « ¡Papá! soy yo, tu hija». Por fin la reconocí y me pregunté cómo había sido posible que olvidara aquel bello rostro de mi propia hija, y sin poder evitarlo el mundo se me vino encima, porque a partir de ese momento le temo más a la vida que a la muerte.